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DELMIRA AGUSTINI, O EL ARDOR

No había llegado todavía esa novela de Vladimir Nabokov, “Ada o el ardor”, que tanto le gustaba a Umbral. La uruguaya Delmira Agustini (1886-1914) fue una gran poeta modernista, llena de ardor  y pasión lo que todavía no se veía  bien en el sexo femenino, pese a poetisas anteriores como nuestra Carolina Coronado. Delmira (que tuvo pasión por la poesía de Rubén Darío, que escribió un pórtico para el mejor de los libros que Delmira editó en vida, “Los cálices vacíos”  de 1913) es una mujer culta, enormemente sensible, y enormemente entregada a su pasión por los hombres. Es curioso que pasaran por cursis o por excesivas, mujeres que al expresar el deseo carnal -como Delmira- se adelantaban a su tiempo. Muchas denostaron -creo que injustamente- la voz “poetisa”, precisamente por estas mujeres que se atrevieron. Junto a su lírica dominada por Eros, y que casi pone brillante punto final al sonoro batintín modernista, a Delmira Agustini se le suponían muchas aventuras sentimentales y un cierto desarreglo emocional, por ese visceral erotismo sonoro y simbolista: “Tu amor, esclavo, es como un sol muy fuerte:/ Jardinero de oro de la vida…”

Delmira -con todo esto y su valor de poeta- se casó en 1913 con un hombre, Enrique Reyes, al que amaba. Pero acaso enamorada de nuevo, abandonó a su marido tres meses largos después del matrimonio. En una escena que suena cerca, algo después (Delmira tenía 27 años) su exesposo la apuñaló, dándole muerte y él se suicidó después. “Nihil novum”. La vida apasionada de Delmira ocultó un poco a esta gran poeta cuya obra recupera hoy Visor , “Poesía completa. (1902-1924)”en edición y prólogo de Mirta Fernández dos Santos. Se incluye un libro póstumo -editado diez años después de su asesinato- titulado  “Los astros del abismo”. Creo que, en términos amplios, lo mejor de Delmira sigue siendo “Los cálices vacíos”, un adiós a su vida y en cierto modo un adiós a la poética modernista, que muy poco después (Darío muere en 1916) comienza a moverse en distintos rumbos de cambio y vanguardia.  Desde “El libro blanco (Frágil)” de 1907, la joven Delmira Agustini ya es alguien en el rico sonar -y solar- modernista. Pero crecerá mucho. No es culpa suya -lo pagó muy caro- el hecho de que su expresión rica de pasión y ardor, y el anecdotario de su vida, hayan ocultado no pocas veces a una estupenda poeta siempre joven, que justamente retorna ahora. Delmira no es el tono (por lógica) de otras uruguayas célebres como Idea Vilariño o la hoy anciana Ida Vitale. Es otra cosa. La pasión de una mujer. Pero ¿no habría de ser eso precisamente un gesto muy nuevo, en una poesía donde nunca falla la calidad? Darío lo escribió: “De todas cuantas mujeres hoy escriben en verso ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini.” Sabía lo que decía.


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