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De Quincey y el monte Athos

Thomas de Quincey. «Los césares». Trad, Jordi Doce. Alba Editorial, Barcelona, 2007. 269 págs.

Eugène Melchior de Vogüé y Nikolái Strájov. «Dos viajes al Monte Athos». Trads, David Stacey y Selma Ancira. El Acantilado, Barcelona, 2007. 145 págs.

 

Quien conozca la fluida y amena prosa de ese gran erudito y parlanchín romántico que fue Thomas de Quincey (1785-1859)  no se extrañará de un libro -que en su origen fue una serie de  siete artículos publicados en una revista, entre 1834 y 1838- que pasa revista con saber y sin pedantería nada menos que al concepto histórico de «césar» y a todos los césares del Imperio romano, desde Cayo Julio -el primer y gran César que deshizo la República y abrió la empresa imperial- hasta Rómulo Augústulo, con quien acaba el Imperio Romano de Occidente, ya que siguió Bizancio. De Quincey (que se basa en Suetonio y en los historiadores menores de la llamada «Historia Augusta») no quiere hacer historia canónica. Yo diría que pretende entretener e ilustrar, corrigiendo a veces al serio y monumental Gibbon al que también tiene en cuenta, deteniéndose en las vidas, la psicología y el carácter (es decir, más lo íntimo que lo externo) de los principales césares romanos. A todos los menciona, pero sólo dedica espacio a los grandes (Cayo Julio, Augusto, Adriano, Marco Aurelio), a los depravados (Calígula, Nerón) a ya a los decadentes.

 Según célebre opinión de Gibbon, la caída del Imperio romano empieza con Cómodo, el apuesto hijo de Marco Aurelio, muy aficionado a los juegos de gladiadores, y que murió asesinado como casi todos los últimos emperadores, en esa compleja lucha entre el Senado (que según De Quincey pensó en reimplantar la República), los sucesores de los césares asesinados y las facciones de un ejército importantísimo que a la postre tuvo que luchar en el frente oriental, contra los persas, y en el frente norte contra germanos y godos  -primero llamados «getae»- hasta que todo fue desmoronándose. Para De Quincey la verdadera decadencia llega después de Diocleciano (todavía  un gran emperador) cuando se teme la corona imperial -«corona de espinas» la llama nuestro autor- mucho más que se desea. Tácito   -sucesor de Aureliano- fue obligado prácticamente ya anciano a ser emperador, cuando él hubiese preferido continuar en su palacio senatorial.

«Los césares» es un libro de sabia y amenísima erudición (algo que quizá hoy falte) y que traza una espléndido retrato del colosal y singular Imperio de Roma, vario en hombres y etapas. Probablemente el subconsciente europeo no ha hecho otra cosa que intentar reedificar aquel imperio.

Aunque De Quincey no lo tenga en cuenta el Imperio Romano de Oriente (también con una larga decadencia) subsistió como Imperio bizantino hasta la caída de Constantinopla en 1453. La Grecia moderna -liberada de los turcos- se considera su legítima heredera, pues sus habitantes aunque se titulaban «romanos» hablaban griego. Pero la Rusia de los zares (que heredó de Bizancio religión y arte)  ha disputado o compartido con los griegos tal herencia. Ello se muestra en el gran vestigio bizantino que fue -y es- la península del Monte Athos, un conjunto de monasterios ortodoxos medievales, vetados a las mujeres, donde conviven monjes griegos y rusos. Para unos Athos es un puro reducto medieval arcaizante, para otros la singularidad espiritual de cenobitas y ascetas (esa espiritualidad que tanto inquietó al postrer Tolstói) vive en ese conjunto aislado de altos y apartados monasterios. Selma  Ancira ha reunido con acierto esos dos testimonios contrapuestos y complementarios de sendos viajes a Athos a fines del XIX. Eugène Melchior de Vogüé (1848-1910) fue un diplomático que hizo de puente cultural entre Rusia y Francia. Viaja a Athos en  1875 y relata (dentro de un más amplio libro de viajes) sus impresiones de aquel universo atrayente y arcaico. Por el contrario el crítico ruso Nikolái Strájov (1828-1896), amigo de Lev Tolstói, y partícipe de muchos de sus dilemas, viaja a Athos  en 1889 y en un texto más breve pero de otra coloración (más introspectivo) nos narra su maravillada experiencia de un lugar santo  donde aún vive el espíritu. Monjes que pasan la jornada entera cantando y rezando y que no tienen apenas tiempo para más -en un paisaje maravilloso- impresionan al ruso y casi escandalizan al francés. El Imperio Romano de Oriente vive aún en la iglesia ortodoxa.


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