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Decadencias

D’Annunzio, periodista literario.

Gabriele D’Annunzio (1863-1938) fue un fenómeno literario y vital casi irrepetible. Como Oscar Wilde –y otros simbolistas- aspiró a que su vida se leyera con la misma plantilla que su arte, pero pocos lo consiguieron tan alto como él. Vivió entre duelos, lujos, amantes, acreedores, un autoexilio en París, literatura de gran nivel  y guerras, pues sobrevoló Viena durante la 1ª Guerra Mundial, conquistó Fiume para Italia con su propio ejército       ( los”arditi”) y al final, desde su extravagante y lujosa mansión junto al lago de Garda –“Il Vittoriale”, visitable todavía- alabó a Mussolini, quien lo adoraba y lo temía. Todo le estaba permitido al envejecido D’Annunzio (su vida privada jamás había sido ejemplar, pero eso no parecía importar a los fascistas, en esa época era cocainómano) menos hablar en público, porque ahí podía marear al propio Duce, fuese por la derecha o de repente por la absoluta izquierda… Es difícil decir qué ideología tenía D’Annunzio. Digamos que se creyó un patriota ácrata. Era bajito, pero tuvo amantes tan fabulosas como la gran actriz Eleonora Duse (algo mayor que él) a la que retrató sin piedad en novelas espléndidas y exuberantes como “El Fuego”…

La editorial Fórcola, en un libro bonito, cuidado por Amelia Pérez del Villar, “Crónicas romanas” nos muestra, con buen prólogo, el inicio literario del joven D’Annunzio en el periodismo.  El poeta (pues siempre se consideró poeta ante todo) llegó a Roma a fines de 1882, aún con 19 años y escribió en periódicos y revistas como “La Tribuna” (donde tuvo columna), “Capitan Fracassa” o “Cronaca Bizantina”, hasta 1889, aproximadamente y muy a menudo con pseudónimos varios. Luego su carrera sería de novelista, poeta y político, al ser elegido diputado “independiente” en las elecciones de 1897. D’Annunzio  -como nuestro Valle Inclán- no era un periodista nato, pero supo serlo y supo que, manejado con estilo  (sus crónicas lo tienen), el periodismo le abría las puertas del “gratin” romano –por esos muchas bellas crónicas aristocráticas-, le preparaba para la novela al enfrentar el estilo con la realidad, y le abría mil oportunidades que su talento supo aprovechar, sin desdeñar la aventura ni ese amor de refinamiento, tan simbolista, que le hace finalizar un artículo:  “todas esas cosas inútiles y bellas que amo con esa profunda pasión destructiva.” Se puede decir que “Crónicas romanas”  -conjunto selecto de artículos- es además una muy buena introducción a lo que fue y representó D’Annunzio, uno de los grandes escritores europeos de su época. Pero con Gabriele (después “Principe di Montenevoso”)  siempre surge el escrúpulo, en algunos, de si puede ser grande un escritor que apoyó –antes de la guerra- el fascismo. D’Annunzio era un hombre libérrimo y un gran escritor (puede leerse) pero acaso tuvo no poco de megalómano. Y esa megalomanía que tenía sentido en sí, la aplicó al fascismo o vio a Mussolini como una consecuencia de ella. Aquí cabe (salvas las distancias) una semejanza con González-Ruano. Pocos fascistas o franquistas tan “pecadores” como estos dos  personajes. D’Annunzio sólo aspiró a ser él mismo y a hacer lo que le diera la gana. Siempre encandila.


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