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Decadencias

Cozarinsky, línea pura.

Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) es un autor de culto. Uno de esos singulares creadores que moviéndose en muchas esferas y mundos culturales, va poco a poco conquistando una audiencia que se siente tocada por la voz y el talento. Expatriado muchos años en París, autor de novelas (en general breves) de ensayos y de cine, Cozarinsky volvió hace años a su natal Argentina -hijo de emigrados rusos- y me parece que redescubrió Buenos Aires. Yo lo conocí allí, hace algo más de dos años, y me llevó alguna noche -muy feliz- a una de esas viejas milongas donde viven la noche los amantes del tango, y de todo su genuino entorno de pasión y melancolía. Tusquets acaba de publicar la última novela de Cozarinsky, “La tercera mañana”,  en cuya última parte el protagonista (enamorado de una mujer joven) va a una milonga donde hay una vieja, la tía Nelly, que quiere que la muerte la pille bailando el tango, o bebiendo el champán rosado  al que -como aquella noche que presencié- le invita el protagonista…

El encanto de esta novela breve y de otras de Cozarinsky está en el sabio, delicado y casi poético manejo de la elipsis, y en un estilo muy nítido, muy claro, tan trabajado como límpido. En apenas 120 páginas y en tres partes distintas (poco más de cuatro minuciosas escenas) Cozarinsky recrea con sutil magia y nostálgico encanto, la vida de un muchacho porteño, Víctor, que siempre ha amado los seres legendarios y el mundo de la noche. Desde su escapada nocturna por el barrio del puerto a una cantina malfamada en los años 50, a su estancia breve como portero de noche en un bohemio hotel de París en 1969, el singular “Hôtel Budapest”, hasta su vida de hombre casi viejo en un Buenos Aires recobrado, enamorándose de una mujer más joven y hallándola al fin con un hijo , asistimos a una vida entera, que se quiere vecina a la leyenda, y que captamos plenamente en sólo unas cuantas tomas magníficas, que dibujan en escorzo huyente personajes marginales como la Elvira de la cantina, Madame Magda, la vieja húngara del hotel, la propia tía Nelly de la milonga, sino incluso la propia muchacha tenida y perdida. Hace falta mucha sabiduría para un buen hacer tan minucioso y tan simple. Quizás el Edgardo ensayista de su primer volumen “Borges y el cinematógrafo” (1970) o el cineasta cuya última obra “Ronda de noche” (2005) llegó a estrenarse en España: también la noche de Buenos Aires y seres algo al margen, como ese chapero que es también estudiante. Sin duda el cine y el ensayo están detrás del modo de narrar de Cozarinsky, pero sin olvidar la narración misma en imágenes y asertos que defiende el voltaje de la literatura breve y acaso así también de la poesía. La literatura no se mide por el grosor ni por la delgadez (aunque asistamos últimamente a una mística bestsellerista del tomazo) sino por la belleza del estilo, la capacidad de evocar la realidad desde otra realidad y, en fin, la fuerza de la evocación de los sentimientos vueltos sintaxis, esto es, ese verbo y esa oración cuya formulación apropiada y propia nos devuelve o recrea universos de nostalgia y pasión, de desposesión y logro, de evanescencia y presencia, de lágrimas y amplios suspiros, como las tardes en que hemos creído perecer o hemos sido felices. Cozarinsky es este logro. Y al menos esta última novela (hay más) está ahora al alcance de la mano.


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