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CORONAVIRUS, GESTIÓN GUBERNAMENTAL, PESIMISMO

Es evidente ya que la crisis (mundial) del coronavirus no es cosa de un mes, y que sobre la enfermedad se une la gestión mala -por mil motivos- de muchos gobiernos. El español no es excepción a esta gestión mala, sino todo lo contrario. Tomó medidas muy tarde, frivolizó, mintió y aún lo engañaron, pues compró tests en mal estado, tests falsos y eso es una calamidad, ya que controlar y gestionar la pandemia -que igual va a cambiar la vida que conocemos- depende en alta medida de que tales tests se hagan, y cuanto antes, al mayor número posible de personas de cada país, pero de los más infectados, más. Aquí supimos que el Gobierno Sánchez fue engañado al comprar los tests. Pero como es mala norma nacional, el ministro de Sanidad (responsable oficial) no dimitió. ¡Santo Dios, dimitir aquí de las prebendas y del sueldazo! No hay duda de que la pandemia del coronavirus es un hecho grave y al que hoy  hay que priorizar y atender, aunque sin olvidar todo lo demás. Los esfuerzos de médicos y enfermeros se centran en el virus maldito, pero ¿qué ocurre hoy con el resto de las muchas dolencias y enfermedades?  No hay consultas, o sólo telefónicas, lo que obviamente, no puedo solucionar todo. Vi a una mujer en la farmacia pedir ayuda para un visible flemón que le dolía mucho. Como no encontraba dentistas -y hablo de una gran ciudad- sólo le quedaba el remedio, más que parcial, de los analgésicos de la farmacia. Llevamos ya más de un mes confinados y la vida habitual casi ha desaparecido. Seguro que llegaremos a los dos meses de confinamiento casi total. Pero (se pregunta cada vez más gente) ¿es esa la solución sine die?  Confinar a la ciudadanía, viendo la torpe gestión del Gobierno, aunque cada vez haya más mascarillas y guantes, será más difícil cada vez después del segundo mes. Por (para empezar) miles de otros problemas sanitarios -aún hay cáncer y dolores articulares- , por problemas de humanidad, pues estar solo es terrible, pero cinco juntos todo el día en un espacio pequeño, más terrible quizás, y finalmente por problemas económicos -el pueblo los teme más cada vez- pues se ven venir ya, falta de liquidez, paro, pobreza, trabajos más que precarios (los autónomos ahí somos víctimas exactas) y en último término mayor miseria, pura y dura, en general. Panorama más que desalentador.

Sabemos ya, con certeza, que de esta dura crisis del coronavirus no saldremos de golpe, ni mucho menos, sino a poquitos, como pasa en Corea del Sur o en Taiwán, países pioneros de la enfermedad y modélicos por hoy en su gestión. Como ni se puede ni se debe tener a millones de personas confinadas y en riesgo de severa pobreza sine die, es necesario que todos veamos (por lento que sea) signos algunos de normalización, de salvación de la vida cotidiana. De nuevo la importancia de los tests, que apenas ve nadie. Los curados (luego de una última cuarentena de catorce días) deberían poder salir y reanudar su actividad, para ver mínimos signos normales, los no contaminados deben (con mascarillas y guantes y guardando distancias, máxima prudencia) acaso pueden reunirse en grupos muy pequeños, y algunos negocios no multitudinarios, volver a funcionar. Eso nos haría bien a todos, aunque muchos deban seguir en casa. Una enfermedad siega vidas -y hay que tomar muchas y sabias medidas- pero no puede segar la vida toda, entre dolor y pobreza, que se ven llegar. Hoy para ir a un médico sólo puedes acudir a urgencias de hospitales, y no es segura la solución. El pesimismo se impone porque esto no es cuestión de política (entérese el lobo señor Iglesias) sino de salvamento, de humanitarismo, de humanidad. Necesitamos (por lento que sea) ir volviendo a la cotidianeidad protegidos: Tests, mascarillas baratas, jabón, alcohol, guantes de látex. Y saber que si hay muertos tristemente -y los habrá- mucha gente se ha salvado ya. Y no hablo, obvio, de los asintomáticos. El pesimismo es feroz, el pavor económico está ahí al lado, y el Gobierno Sánchez deja mucho que desear, y no hablo de política. Hay que ir recuperando lentamente la normalidad, aunque esperemos (como será) a los días después del puente de mayo. La población no puede estar encerrada sine die -no toda, al menos- ni se puede ir a la miseria con la gran rebelión social -contra un Gobierno de izquierdas, se dice- que ello podría provocar.

Sé que hay quienes creen que un escritor como yo no debe opinar de política, y más si no es a favor del Gobierno. No me importa la censura ideológica de esos pogres vetustos. Si yo doy la vuelta a su discurso (no lo hago) igual los desacreditaría a ellos. Esos a priori ideológicos no son el camino. Y menos en España y menos ahora, con la agónica situación que vivimos. Por lo demás -aunque les dé igual oírlo a los dogmáticos- yo soy un hombre de izquierdas, sin partido. El PSOE actual no es el que voté treinta años. Y Sánchez es la imagen de esa culpa. Y si no me gusta Vox por contraria pero igual razón, no me gusta Podemos, lleno de populismo barato y de mentiras descomunales y desvergonzadas. Pero esto es una apostilla menor. Lo que importa es cuidar el coronavirus, irlo venciendo lentamente, y como parte de ello, recuperar con cautelas la vida normal. Aquí aún no se ve nada. Pero debe verse, para no llegar a otra horrible catástrofe económica y social. Ojalá avancemos. 

 

 


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