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Corbière: maldito y bohemio.

Tristan Corbière. Los amores amarillos. Trad. De Carlos Pujol. Pre-textos, Valencia, 237 págs

 

La primera aparición notable del bretón Corbière para los más adelantados gustadores de la poesía (y la poesía más notable y avanzada se hacía entonces en Francia) ocurrió cuando el gran Paul Verlaine publicó en 1883 su libro antológico y de semblanzas, “Los poetas malditos”. Un año después, el libro tuvo una nueva edición, aumentada, que circuló más aún. Pero para entonces hacía ocho años largos que Tristan Corbière (1845-1875) había muerto, y diez exactamente de que hubiera publicado su único libro de poemas, “Les amours jaunes” ( Los amores amarillos) que se editó, sin pena ni gloria, en 1873.

Tristan Corbiére fue un desdichado y un poeta muy original e innovador. Tuvo que abandonar sus estudios a causa de sus fuertes dolencias reumáticas y esa enfermedad, llevada con desidia, desorden y extravagancia, le lanzó  a la bohemia parisina, donde jugó a un cierto dandismo desastrado, porque ello era una máscara protectora y porque era también simbolista. Fue uno de los tantos discípulos – muy originales- de Baudelaire. Y además encontró a un conde de nombre romántico y literario, Rodolphe de Battine, con el que viajó por Italia, junto a la amante del conde, actriz sin demasiada fortuna: desequilibrado y peculiar trío. Pero Corbière hubo de regresar a París y a  su natal Bretaña, donde moriría con apenas treinta años, de una tisis mal diagnosticada. El parte médico decía: “neumonía y reumatismo”. Laforgue (uno de sus seguidores) dijo de él que fue “un golfo byroniano”. Y Rèmy de Gourmont, más tarde, intentando validar su obra, que es una voz “ronca y dolorosa”.

Basta leer alguno de los más célebres poemas de “Los amores amarillos” como el inicial “¿Eso?” o el más célebre “Epitafio”, para darse cuenta de que es una poesía desgarrada, que quiebra y prosaiza los metros tradicionales, que lo llena todo de argot y de ironía, mofándose de sí mismo, desengañada del amor, de las relaciones humanas (la mujer es casi siempre “la Bestia feroz”) y de la vida, sin que falte nunca un punto de altanería, de sorna y     – como dije – de dandismo. Por esos quiebros rítmicos, tan nuevos, y por esa autoironía, Corbière lleva a Jules Laforgue, uno de los poetas favoritos del joven Eliot. Del mismo modo que por su desencanto callejero y por sus juegos con las voces más comunes, nos retrotrae a Villon, el padre de cierta poesía francesa. “Los amores amarillos” es, sin duda (desgarrado, desengañado, roto) una de las claves del simbolismo, y no es esta la primera vez que se traduce al castellano. Pero la cuidada traducción de Carlos Pujol (pese o por la edición bilingüe) se permite múltiples libertades textuales que no van nunca contra el casi intraducible Corbiére. La traducción es poesía nuestra y guarda el aroma nada engolado y finamente desgalichado del original. Un acierto, sin duda.


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