COMPAÑEROS (Poema inédito)
Como dijiste subiríamos a la montaña. Hablabas del placer
de las acampadas, del calor del compañerismo… Al andar
me animabas a no cansarme, a saber respirar, y si teníamos
que hacer un alto, me hablabas de aquellos árboles
y de la belleza del sol iluminando el verano…
En la mano, bebíamos de las fuentes que vienen de
los neveros y brotan entre helechos. Está rica, ¿verdad?
Sabes que te admiro y que no sé decirlo,
pero a ti te basta así, y me ayudas con tus brazos y tu sonrisa…
Montamos la tienda en un mínimo valle hondo,
y cuando atardece me enseñas el nombre de las estrellas
que se ven sobre el azul oscuro como cristal transparente.
Luego, oyendo el viento que suena a lobos, me dices:
Ven. Vamos a dormir juntos. Y estás desnudo
y me desnudas… ¿Amor? Sólo sé el sabor de tu boca
y el brillo de nuestros jóvenes cuerpos que tú gobiernas
hasta la santa ebriedad del júbilo… Por la mañana,
muy temprano, sales a respirar hondo y sigues desnudo
y erecto. Miro con admiración, maravillado de ser tu
amigo, hasta el punto de que no saber qué me comentas.
Tu belleza, el sol que vuelve, las frondas que la brisa orea,
me hacen sentir una callada ebriedad que viene de tus piernas
y tu pecho moreno, de tu poder subyugador y amigo…
No diremos nada. No hace falta decirlo. Ambos
sabemos que algún día, en tu casa o en la de mis padres,
estudiaremos y dormiremos juntos. Y nuestros cuerpos
fulgirán otra vez como ascuas de dulzura…
Fernando, ¿qué ha sido de ti? ¿adónde te llevó la vida?
¿Fuiste feliz? ¿Te volviste a acordar de mí,
de mis miradas, de tu sonrisa, del gimnasio y las duchas?
Ojalá hayas sido dichoso, querido, adorado Fernando.
¿Por qué no me llamaste aquel día, lo recuerdas?
Habíamos quedado en ir juntos, montaña arriba.
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