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Decadencias

Clint Eastwood,narrador

Para muchos fue – no pocos años – el clásico actor duro en la estirpe de Hollywood. Un John Wayne, más guapo. Acostumbrado a los puños, a las cananas y a los desiertos de Arizona.  A mi me interesaba  poco  ese  Clint Eastwood,  méritos  aparte. Fue  al ver su película  -director ahora- Medianoche en el jardín del Bien y del Mal cuando cambié de opinión. Eastwood se mostraba allí como un ser refinado, si ahora en Million Dollar Baby  se nos muestra – duro de nuevo – como un entrenador de boxeo que aprende gaélico y lee a William Butler Yeats.

No quiero decir que Million Dollar Baby ( la traducción sería más contundente para el gran público «La nena del millón de dólares») no sea en muchos aspectos una película típicamente norteamericana, porque los es. Pero no es sólo acción ( ni mucho menos) ni es sólo relato. Los primeros quince minutos pueden engañar haciéndonos creer que estamos, sin más, en una película sobre boxeadores, y sobre una chica camarera que se empeña en boxear. ( ¿Existe en España el boxeo femenino?. Supongo que sí).

En una época – los 70 y antes – la novela debía ser ante todo texto y no relato. Es decir narrar no era ( no debía ser ) la única virtud del narrador. Se exageró, sin duda, pero también se ha exagerado después, cuando  pretende decírsenos que una novela sólo necesita un buen argumento y un escritor que lo sepa contar. Eso no es mentira – tampoco en el cine – pero cuando acontece, sin más, siempre se queda corto. El lector lee y olvida. El espectador mira y luego no se acuerda. Es lógico superar la dialéctica corta entre experimentación y relato plano, por bien contado que esté. Hablo de novela y de cine, evidentemente. Que Clint Eastwood, como director, se haya planteado esa encrucijada significa que es inteligente, que piensa, y que algo está volviendo a cambiar. Porque el gran valor – para mi – de Million Dollar Baby es plantear al espectador (pensamiento literario lo llamaríamos en la escritura) precisamente todo lo que menos plasma el argumento, sin más. La historia siempre marginal del boxeo en sus comienzos, de la que surgirá – brevemente – una campeona deslumbrante y abatida por la mala suerte y la vileza, entre otras cosas, es y no es la idea de la película. Pero acaso si decimos que es un tratado ( muy narrativo) sobre el Mal y una metáfora sobre la imposibilidad humana de no hacer daño, quizá tentemos a la presunción. Pero en buena parte del metraje la película se acerca más a lo segundo que a lo primero. Porque el director logra que la cámara haga pensar y el argumento queda muy superado por sus connotaciones, incluida la caritativa eutanasia.

No quiero quitar ningún laurel al narrador puro, porque narrar muy bien es una magia, y el cine tradicional norteamericano ha sabido mucho de ello. Quiero agregar finalmente que cuando el autor mete texto al relato, la novela gana dimensión y vuela con un disparo que la sola narración desconoce. Eastwood no es, tan solo, el duro que parece y es. Seguro que daría razón a este aerolito de Carlos Edmundo de Ory: Sólo lo extraño me es familiar.


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