Imagen de artículos de LAdeV

Ver todos los artículos


Claude Esteban (1935-2006).Obituario.

Hombre no muy alto, de mirada vivaz, juguetona, el pelo ya algo canoso (cuando yo lo conocí) y las cejas pobladas y oscuras, Claude Esteban hablaba muy bien el español con cierto dejo francés, que algunos -que apostaban por “Claudio Esteban”- creían buenamente impostado. No lo era.  Aunque hijo de un periodista español, afincado en Francia y casado con una francesa, Claude nació en París en 1935, y si bien siempre convivió con las dos lenguas (el francés y el español) su educación fue francesa y eso marca la cultura. Por lo demás la España pobre y atrasada (despreciada por la Europa libre) que pudo entrever de niño y adolescente, hacía poco para que el muchacho asumiese su otro lado. Con el que no llegaría a reconciliarse del todo hasta su etapa universitaria, su dedicación al hispanismo y su rica labor como traductor de literatura hispánica al francés. Claude Esteban (le gustaba que quedase claro) era un francés que había cultivado con esmero su raíz española. Todo ello está magníficamente narrado en un ensayo biográfico- lingüístico, titulado “Le partage des mots”, de 1990, traducido al español como “La heredad de las palabras” (Hiperión)

La lista de sus traducidos es más que notable: Octavio Paz (que lo reclamaba como su único traductor al francés),  Jorge Guillén, Federico García Lorca, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo o Jorge Luis Borges. La labor de Esteban como traductor y maestro de hispanistas en la Sorbona es, dije, espléndida. Y a ella se podrían añadir sus trabajos sobre arte: Desde Chillida a Velázquez, pasando por el Greco o Picasso. (Muchos de estos trabajos, de fechas dispersas, están recogidos en su libro  “La dormition du Comte d’Orgaz” de 2002). Pero con ser muy rica la labor ensayística de Esteban, como “Critique de la raison poétique”  (1987),  “L’inmédiat et l’inaccessible” (1978), o “Choses lues”  (1998), recuerdos de sus lecturas básicas y emotivas en el mundo de la novela, juzgó siempre que su labor esencial y más alta era la poesía, en la que debutó en 1968 con el libro: “La Saison devastée”, al que siguió en 1971, “Celle qui ne dort pas”. A propósito he dejado sin traducir estos títulos, porque ese es el gran débito que España tiene con Claude Esteban. Quitando publicaciones especializadas y alguna “plaquette” como la que le dedicó la Residencia de Estudiantes cuando fue -en 2000- “Poeta en Residencia”, hallo sólo dos libritos de Claude Esteban traducidos al español, el último “Coyuntura del cuerpo y del jardín, seguido de Doce en el sol”, en versión de María Victoria Atencia, Renacimiento (2001).

Es verdad que el francés y su cultura -en estos momentos y salvas las excepciones, en decadencia- no tienen la fuerza que tuvieron ni entre nosotros ni en el mundo, y acaso tampoco importe que Claude Esteban fuese medio español, importa (esto sí, y mucho) que en estos años ha sido considerado uno de los principales poetas franceses de la hora actual y con razón. Es una consagración (en una Francia que destaca la poesía menos que España) tener una antología en la prestigiosa Gallimard. Y Claude la tuvo: “Morceaux de ciel, presque rien” (Pedazos de cielo, nada casi) de  2001.  Cuando publicó el librito  “Fayoum” -1999-, poemas sobre los célebres retratos funerarios del Egipto romano, Claude me envió un ejemplar. Como el libro me gustó mucho, y por simple placer de lector, traduje uno de los poemas, que le envié al autor con mi comentario. Me preguntó entonces si me gustaría traducir el libro entero. Le dije que sí. No encontramos editor. Lo cuento -mera anécdota- porque hablamos de un poeta muy importante. Uno de sus libros más bellos, para mi -sobre pinturas de Edward Hopper- es  “Soleil dans une pièce vide” (Sol en una habitación vacía) publicado en 1991.

La poesía de Claude Esteban tiende a ser reflexiva y lírica a la vez, huye de la retórica (quizás el lado más vacío de la tradición surrealista) y busca la iluminación: la claridad en la hondura, el fulgor sin gratuidad: “Hace frío/ en mi sueño/Amo a una mujer/ y veo sobre su nombre nieve/ tan negro está/ que olvido el nombre de la nieve”. En “Étranger devant la porte” (2001) glosando el célebre poema de Vallejo “Piedra negra sobre una piedra blanca”, Claude acertó con su propia muerte. Traduzco: “Moriré, lo sé, un día de tormenta/ y será quizá en París,/ en la noche de la semana, un viernes quizás/ como  Cristo de cuyo paraíso nada sé…” Acertó con su muerte, mejor que con la generosidad española.


¿Te gustó el artículo?

¿Te gusta la página?