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CARTAS VECINALES DE MARCEL PROUST

Por supuesto Marcel Proust es la inmarcesible novela “En busca del tiempo perdido”, que no llegó a ver editada del todo. Proust es el devoto del amor materno y el devoto de los prostíbulos masculinos. Es el fascinado por las duquesas, los chóferes y un vago dandismo. Pero Proust es también su obra “menor” (“Los placeres y los días”, por ejemplo) y el autor -se va viendo poco a poco- de una enorme y singular correspondencia. También sabemos que al noctámbulo y silencioso Marcel le molestaban mucho los vecinos, y forró de corcho las paredes de dos de sus habitaciones para estar plenamente aislado, pero nunca lo consiguió del todo, pese a que su buena sirvienta Céleste hiciera lo imposible en esa línea, por respeto y amor a su excéntrico señorito. Así no puede extrañarnos que lo último de Proust -publicado en español por Elba de Barcelona- sea un cuidado tomito (contiene fotos) titulado “Cartas a su vecina”. Proust vive en una gran casa, 102 del Boulevard Hausmann- y tiene como vecino de arriba a un dentista norteamericano, Charles D. Williams. Del piso llegan ruidos de obras y reformas (Proust lo odia) o la música que toca la delicada señora del doctor, Marie Williams. Proust se queja y -cosa muy rara- halla la comprensión de la sensible dama, que hace lo posible porque Proust no padezca. Esto da lugar a una muy singular correspondencia (Marcel y Marie se vieron muy poco) donde se cruzan ruido, gentileza, cortesía y flores. Flores contra el ruido. “Cartas a su vecina” es singular y era desconocido. Señores míos, hartos de vecinos, sepan: La buena educación y un ramo de rosas pueden solucionar casi todo. Verdad pura.


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