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Decadencias

Capote, la obra o la vida.

La película de Bennet Miller se titula en verdad “Capote” a secas. Aquí (acaso suponiendo que alguien la tomase por un filme taurino) se ha retitulado con el nombre completo del escritor norteamericano, “Truman Capote”. Yo me extrañé hasta que fui a ver la película. ¿Habrá alguien que no sepa quién era Capote, que fue famosísimo y era mundano y bebedor y acuñó aquella frase de “Soy dipsómano, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio? Pues vi como una parejita, con apariencia de estudiantes, se acercaba a las carteleras del cine, diciendo: “¿De qué irá Capote”? Madre mía -susurré- qué mal andamos…

La película está bien y el actor Philip Seymour Hoffman también. Pero, cuidado, no es Capote. Sólo lo imita: Vocecita, pluma y corta estatura. De ahí que sea un sonoro disparate (justificado, como todo, por el mercado) que la reedición de la meticulosa biografía del escritor, escrita hace más de diez años por  Gerald Clarke, tenga ahora en portada no una foto del genuino Capote, como era lógico, sino un fotograma con el protagonista de la película. ¡Pan y circo! Por lo demás (y a ello sí confunde el original) no se trata de una biografía “in extenso” de Capote, sino  sólo de su singular experiencia  al escribir “A sangre fría” (1966), novela de no ficción, que es la historia de un crimen y los dos asesinos. Es cierto que la composición (compleja al tener que ficcionalizar lo absolutamente real) marcó a Truman que nunca volvió a terminar otra novela -y murió dieciocho años después de su publicación- aunque sí concluyó un magnífico libro de relatos: “Música para camaleones” (1980).

El derrumbe final de Capote se debió a múltiples causas, entre las cuales una puede ser su necesidad de manipular la realidad para hacer novela-crónica, esa “no-novela” que está también en los orígenes del “nuevo periodismo”. Pero el más secreto interés del filme radica, sin duda, en ver una vez más, cómo un creador genuino sacrifica o pone su propia vida en el ara, para conseguir la gran obra. (Proust ha sido últimamente el caso paradigmático). Cuando Capote va viendo lo que creativamente puede salir de sus manos se involucra tan íntimamente con los asesinos – con uno en especial, más listo- logrando que se posponga la pena de muerte y entrando en sus sentimientos -que naturalmente le afectan- para que el final sea la novela, la gran creación, que necesita un fin: la horca que ya se había dictado y que los abogados de Capote logran demorar, hasta que el libro está hecho.

“Capote” es una reflexión sobre la creación artística y los límites de lo que llamamos realismo. Secundariamente un fragmento de la mucho más plural biografía de Truman, y en todo caso, para los que busquen el encanto de la mimesis actoral, una suerte de camafeo en el que vemos al amanerado escritor cosmopolita y bebedor, teniendo que contener la pluma (poco) para que no le miren demasiado los pacatos ciudadanos yanquis del Medio Oeste, tan puritanos y cerrados, que no saben distinguir una bufanda de Balenciaga. ¿Cine reflexivo?  ¿Arte sobre el arte? Es posible.


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