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Decadencias

«Cántico», estetas de posguerra.

Los poetas de la cordobesa revista «Cántico» fueron una de las más heterodoxas aventuras de la posguerra civil. Pero los tiempos no andaban para disidencias estéticas (ni esteticistas) y a partir de 1957 la revista desapareció y sus poetas -Pablo García Baena, Juan Bernier, Julio Aumente- fueron cayendo en un profundo olvido que duró más de quince años. Fuimos los poetas de los 70 quienes fomentamos y ayudamos ese retorno, que culminó (oficialmente) con la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Letras a García Baena (el único superviviente hoy del grupo) en 1984.

El único fundador de la revista que no pudo gozar de la recuperación de «Cántico» y de su estética, fue Ricardo Molina, que había muerto de una dolencia cardiaca en 1968 con 52 años. Aunque su nombre siempre ha estado presente, quizá Molina haya sido el peor leído del grupo. Y no deja de ser curioso ya que él fue el poeta más profesional de todos ellos (no hablamos de mejor o peor) sino el que más vivió para la literatura, sin dejar nunca de luchar por su causa. La prueba el libro que publicó antes de su muerte, «A la luz de cada día» (1967) que no tuvo la atención que él tanto esperaba. Ricardo Molina debió morir con literaria sensación de fracaso, aunque muy pocos años le separaran del resurgimiento. A eso se llama mala suerte y no hay porqué negarlo. Ahora Visor publica en dos amplios tomos, y edición de José María de la Torre, la «Obra Poética» completa de Ricardo. El primer tomo, los libros que publicó en vida. Y en el segundo (más grande) los poemas no recogidos en libro, y los libros que dejó inéditos. Algunos de estos ya los habían publicado sus amigos en una edición de 1982, pero allí se seleccionó lo que ellos creyeron mejor, y aquí va todo tal y como el poeta lo dejara al morir temprano. Es bueno volver a esa alta poesía de Molina, tan novedosa, bella y sensorial en la posguerra: «El río de los ángeles» (1945), «Corimbo» (1949) y sobre todo -acaso su libro más redondo y hermoso- «Elegías de Sandua» de 1948. Esteta, íntimo, sensorial, Ricardo fue un poeta de muy altos logros y claros descensos. Y surge una pregunta eterna: ¿Hay que publicar la obra entera de un poeta, todos sus inéditos? Cuando el poeta es notable (y Ricardo Molina lo es) sin duda sí. El lector y el estudioso deben tenerlo todo a la mano. Aunque a menudo sea muy cierto -y este es asimismo el caso de Ricardo- que una buena y ancha antología de su obra estará por encima, claramente por encima, de su obra total, con renuncias, bajadas (recordemos que «Cántico» no triunfó en su tiempo) y muchos poemas de circunstancia y buena voluntad. Hay siempre genio poético y lingüístico en Ricardo Molina, y mucha belleza entre lo nuevo, pero también algún arrastre ocasional. No obstante se ha hecho lo debido: Tanto tiempo después, aquí está al fin Ricardo Molina de cuerpo entero, con muchos brillos y alguna sombra. Pero sobre todo su torrente lírico de delicadeza, sensualidad y clasicismo renovado. Su apetito de cuerpo, sur y jazmín. «¡Al Sur!/ ¡Hasta la luna! ¡Hasta/ la palma! ¡Hasta la orilla/ de su insondable luz!» Un poeta que no debe quedar perdido.


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