Decadencias
Calasso, el arte del solapismo
Pergeñar solapas de libros parece una tarea muy humilde y como dice Calasso, difícil, y que espera aún su historia y su teoría. Que las tiene. Con un título que evoca el de la célebre y bella novela corta de Zweig (“Carta a una desconocida”) el editor de “Adelphi”, ha reunido sus cien mejores solapas, “Cien cartas a un desconocido” (Anagrama). Cien textos breves -poco más de página larga como media, y eran solapas generosas- que desde 1965 a 2003 hablan de cien libros distintos, de todo género: más ensayo, narrativa y biografía y menos poesía. Cien invitaciones a leer en un vastísimo panorama ¿es poco?
El arte de la solapa está en buen y en mal momento según lo miremos. Mal, porque hoy pocos son los editores que redactan las solapas o contracubiertas, que a menudo quedan en manos del autor quien no suele hacer otra cosa (como el mismo editor) que procurar destacar, con algún elogio, un fragmento breve y supuestamente emblemático del libro, lo que no siempre se logra. Bien, porque siguen siendo demasiados los críticos que parecen tirar en exceso de solapa, a juzgar por la banalidad o aparente mala lectura de los libros que más que comentar deshacen, pareciendo (a menudo) que se han quedado en la solapa. Contracubierta mala, diría en tal caso (y con razón) nuestro florentino. Roberto Calasso, autor de sesudos ensayos sobre los mil vericuetos polisémicos de la mitología (véase “Las bodas de Cadmo y Harmonía”) no es un autor fácil y más bien pasa por denso y minoritario. Pero ha sido un gran director editorial -algo muy importante en el universo cultural- editando muchos, varios y buenos libros. Y como le gusta la literatura y no sólo la de su cuerda (otro vicio de la crítica hispana) ha hecho solapas variadas y espléndidas -claro que sólo nos muestra cien de más de mil totales- donde se invita con elegancia, información y saber, a leer libros tan diversos como algunos de Simenon, Borges, Nabokov, Canetti, Colette, Thomas de Quincey, Bruce Chatwin, Ignacio de Loyola o Marcel Schwob… ¿Con qué comparar, pues, este delicioso, ligero pero fértil libro? Quizá (si fuera posible) con una cata de vinos en biblioteca. Uno se entera de qué va el libro, quién es su autor y cómo enfoca la obra, y así se le abre o no el deseo de seguir leyendo y hacerse finalmente con el volumen. Hay libros que te interesarán y otros no. Algo se ven las predilecciones del culto solapista, que tiende a imparcial apasionado. Pero lo que es seguro es que tras leer estas afiladas contracubiertas el apetito (y la información veraz) del lector ganoso van ha salir mucho más que incrementadas. Lleno de caminos abiertos, con la imaginación y el culto estímulo acicateados, y sólo con esa triste insatisfacción -que tanto sintió Borges- y que nos afecta a muchos lectores: ¡Cuántos libros maravillosos no tendré tiempo u oportunidad de leer, por más que quiera! Buena dosis de humildad un librito así y también de altivez: ¡Cuántos placeres me esperan! Como mi obligación es recomendar raros, entre lo que aparece en Calasso y aún no está en español, les diré que procuren buscar “Un amor de nuestro tiempo” de Tommaso Landolfi, italiano mal conocido aquí cuanto estupendo escritor. La difícil historia de un incesto.
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