Decadencias
Caballero Bonald, el insumiso
Los años le han dado a Pepe Caballero Bonald cierto mal genio y mucha figura. Si echo la mirada atrás y lo recuerdo cuando le conocí mediados los pasados años 70, en las cenitas de su casa pulcrísima y apretada, veo a un hombre inteligente y con mirada de lince pero mucho más normal, más cotidiano. Ahora Pepe luce la planta de un viejo hidalgo antañón y fino, un tanto valleinclanesco, que fue pendenciero en su juventud, y mira algo desafiante con la vara de junco en la mano. Su hablar andaluz, jerezano, se ha vuelto tartésico, como su Argónida, y no sabemos si tenemos delante a un gaditano rico de aventura, o a un descendiente del rey Argantonio, o ambas cosas a la par, como sugieren sus poemas de navegación “Jardín de las Hespérides” o “A esa vida quisiera repatriarme”, con el río Magdalena, en el fragor de sus años docentes en Colombia. “El fulgor del pasado enciende el porvenir”. En alguna época, entre la gente del 50, Caballero Bonald llegó a tener más nombre de prosista que de poeta. Eran los días de “Ágata, ojo de gato” y después y el poeta era sobre todo Gil de Biedma para unos o Claudio Rodríguez para otros. Cierto que Pepe volvió enseguida con “Descrédito del héroe” y ya se veía allí (1978) al hombre que sigue los consejos de la noche y que conoce bien que el sabio, el libertino, y el merodeador noctámbulo son ante todo desobedientes, insumisos a cualquier poder establecido. La desobediencia es una lírica que Caballero Bonald ha llevado a un máximo de altura en sus tres últimos (por ahora) libros de poemas: “Diario de Argónida”, “Manual de infractores” y este que acaba de publicar con 82 años jovencísimos, “La noche no tiene paredes” (Seix Barral). En un estilo que más que barroco es manierista, que tiende al concepto y a la oración apretada de sentidos, el poeta –como viejo bucanero insigne- pasa revista a la poquedad del presente y a tantos días o aventuras que se cumplieron o que no se cumplieron: “En la azulada Esmirna fui gaviero en nave irrelevante…”, recuerda el que convoca en su vida plural a Yalai ad-Din Rumi, el poeta místico. El caballero irredento en disidencias piensa también en el adentro: “Cóncava sombra que en la luz se aloja:/ mi libertad, mi amor , mi descreencia”. Quizás en este último verso esté toda la cuestión del libro enjaezado de manierismo conceptista: salvan el amor y la libertad (por lo que se lucha o se luchó) como salva la descreencia para pensar con mente propia y no pertenecer al gremio de sonsos y hueros. Porque, más de una vez, muy a menudo en la verdadera vida hay que ampararse en los “parapetos de la injusticia”. Sería absurdo decir sobre quien siempre fue poeta y lo probó, que el poeta Caballero Bonald ha crecido con la edad. ¿Qué es crecer en buena poesía? No sólo cambiar, desde luego. Lo que sí ha hecho el poeta, en el filo de los ochenta años, es aquilatarse, refinarse de mente y de palabra, y en lugar de volverse más cauto y académico como hacen muchos mayores en busca de paz laureada y galardones, Pepe Caballero, fino tartésico con aroma de dama de noche y manzanilla, ha tejido un bello canto al recuerdo y a la insumisión permanente. “Tu tiempo empieza cuando ya te has ido”. Un magnífico libro lleno de enfados, de nostalgia y de belleza.
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