BYRON, DE NUEVO
Cada vez que veo o leo algo de Lord Byron (1788-1824) me acuerdo de Jaime Gil de Biedma y de sus supuestas perezas… Jaime quiso traducir el “Don Juan”, acaso la obra mayor de Byron y una selección de sus cartas, que llegó a seleccionar pero no a traducir, lo hizo después de su muerte (como homenaje) Eduardo Mendoza. Ahora Galaxia Gutenberg – editorial nada abierta, que pocas veces se sale de una muy predecible línea estética- acaba de sacar una selección de los “Diarios” de Byron, en traducción de Lorenzo Luengo. A Byron -en Londres o en Venecia- le gustaba mucho ser una “estrella” literaria (y lo fue, al modo en que aún lo entendemos hoy, al modo de Capote, digamos) pero también le interesó una fulgurante poesía de tinte coloquial, donde llega a ser un maestro. Seguido por turistas, curiosos y escándalos, casi siempre de matiz sexual, todo ello -y cierta chismografía epocal- sale en estos “Diarios”, lejos y cerca de unas “Memorias” que se dice escribió, pero desaparecieron, y del tono de su poesía mejor. Byron
convulsionó Europa diciéndose rebelde lleno de deudas y amparo de marginados y oprimidos, desde su tono de disidente gran señor… Románticos no desdeñables como nuestro Espronceda (sobre todo en “El diablo mundo”) o el italiano Ugo Foscolo fueron seguidores de Byron.
A Jaime Gil -salvas las distancias de tiempo- también le gustó y quiso una poesía de tono coloquial y enorme cuidado técnico, que bordaba. Lean “No volveré a ser joven”, acaso lo que los ingleses llaman un “conversation poem”. Pero a Jaime le gustaba también el arte de la privacidad (escribió “Diarios”, singularmente el de 1956) y finalmente dijo, entrevistado, aquella frase feliz: “Yo he sido poeta, pero hubiera querido ser poema”. Esto es, la estrella que resulta objeto de envidias y maledicencias. Ser literatura o poesía uno mismo, fue sin duda una aspiración byroniana, y de cuantos le han seguido. Nadie con más hondura y singularidad que el recordado Gil de Biedma. Como todas las verdaderas estrellas Byron quiso morir joven y lo logró, y además en Grecia (pero no en batalla) pareciendo que defendía a un pueblo oprimido por los turcos, aunque Turquía le gustó y los griegos de su tiempo quedaban harto lejos de Homero o de Platón. Creo que lo dijo el
gran Cioran (que murió viejo): “Quien no muere joven, merece vivir.” En realidad es el signo más romántico de cualquier escritor, desear morir. Byron murió con 36 años y como quería, fuera de Inglaterra. Dedicó uno de sus últimos poemas a un chico. Y en realidad la frase medio rockera, que se atribuye a James Dean, es Byron puro: “Vive deprisa, muere joven y dejarás un hermoso cadáver”. Todo está en la “estrella”.
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