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Decadencias

BUKOWSKI, EL VIEJO INDECENTE

Charles Bukowski, se llamó a sí mismo “viejo sucio”, “viejo indecente” y otras cosas pareciadas. No hace mucho que salió  una magna antología de su poesía  (aparecida en EEUU en 2007) donde se recoge lo mejor de su abundante obra poética y aún algún inédito -y eso que ya se publicaron poemarios inéditos tras su muerte-. El prologuista y traductor de “Los placeres del condenado” (Visor), Ciro  Arbós, se pregunta si en Bukowski no hubo pose literaria, es decir la construcción de un personaje que avalara su propia literatura, abundosa y aparente (sólo aparentemente) descuidada…

Charles Bukowski (1920-1993) nació en Alemania hijo de una alemana y de un norteamericano de origen polaco, pero sus padres ya estaban en América cuando él era muy niño. Feo, grandón, tímido, amigo de las putas, de las borracheras y defensor de toda marginalidad, nos enteramos que la juventud de “Hank” –como le llamaban sus amigos- sí fue turbulenta viajando unos pocos años      (pocos) por algunos Estados de la Unión. Pero enseguida volvió a Los Ángeles, ciudad de la que apenas se movió en toda su vida, donde llevó una existencia bastante regular –trabajó muchos años en Correos- pero eso sí, de borracho, ajeno a los medios literarios (aunque fue un gran escritor de vocación), aficionado al hipódromo, casado varias veces, muy amigo de lo marginal (siempre vivió en “malos barrios”) produciendo la imagen de un feroz solitario que suele sorprender: un apartamento desastrado lleno de latas de cerveza vacías, en el que un hombretón solo, feo y avejentado oye música clásica –su gran pasión- fuera Wagner o Bach.

Bukowski tardó en tener éxito, pero lo tuvo luego con enorme fuerza, considerándosele el padre del “realismo sucio”, cosa que parecía tenerle sin cuidado. Escribió novelas y sobre todo relatos de sexo duro y vidas agrias, y muchos poemas (a menudo espléndidamente construidos) donde deja ver plenamente cómo el sabio manejo del lenguaje cotidiano –y el recuento de vidas desesperadas y sórdidas- puede convertirse en refinado lirismo. Dice el traductor: “su lugar en la Historia de la Literatura es el de un hondo y afinado poeta”. El aserto choca un poco y hay que descargar obra pues Bukowski escribió muchísimo, pero por lo demás la afirmación es verdad. Los gustos del solitario y marginal “Chinasky” (como se autollama en sus ficciones) son peculiares pero no malos: le gustaban Céline, Hemingway, John Fante –al que ayudó a redescubrir- y el haiku japonés. Odiaba a Scott Fitzgerald…. A veces sus poemas (en esta muy abundante antología) nos parecen triviales en su horror, a veces descubrimos pequeños rastros surrealistas, pero otras más, nos impactan por la fría y terrible verdad con que el poeta que apenas salió de Los Ángeles cuenta no sólo lo que ha vivido sino más frecuentemente lo que le han contado o ha visto… Hay un supermercado y una chica que hace un mohín desdeñoso al viejo que sale de comprar. Bukowski narra eso y este final: “este es un mundo solitario/ de gente asustada, / como siempre ha/ sido.” ¿No es verdad?¿ No es el más descarnado existencialismo, sin adornos? Oye a Wagner y describe esa música. Termina: “hay hombres que nunca /mueren/ y hay hombres que nunca/ viven / pero todos estamos vivos/ esta noche.” Por Wagner evidentemente. Solitario, arisco, tierno, desengañado del mundo, hay que resituar a Bukowski. (Para completar la clásica antología que he dicho, Visor ha publicado ahora “Beber”, otra antología de Bukowski -cuentos, entrevistas, poemas- sobre su desmedida afición a tomar y emborracharse. Está hecha y traducida la antología por Abel Debrito. El conjunto refleja a un hombre voluntariamente tosco y rudo, parece, pero en el fondo un tío “legal”, que amó la priva y el golferío como otros la mística de la misa de 12. Vale la pena y mucho.)


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