Decadencias
Benet y la nueva novela
Juan Benet y Luis Martín Santos fueron un tiempo muy amigos. Parece que algo menos al final. Aunque los dos fueron rechazados por varias editoriales, fue “Tiempo de silencio” (1962) de Martín Santos la primera en aceptarse y publicarse. Es oficialmente, por tanto, la primera novela española que rompía las consignas del realismo, más o menos comprometido. Su sacripante mayor –en voluntad de estilo- es Joyce. Pero Martín Santos murió apenas un año después y su nueva novela “Tiempo de destrucción” quedó inacabada. A Benet le gustó poco “Tiempo de silencio”. Su búsqueda no iría por los meandros del monólogo interior, sino por la densidad de un texto abundoso y autosuficiente, muy horro en anécdotas. Su maestro-emblema será Faulkner y no Joyce, aunque hay que aclarar que ni Benet ni Martín Santos son “copiones” del uno o del otro, sino autores muy propios que se insertan en esa tradición como Juan Goytisolo con “Señas de identidad” (1965) abrirá otro camino –en parte menos duro- entre la biografía y la experimentación formal. Benet fue el último (pero es el más rotundo, el más arduo) en asomarse a ese necesario ventano y pronto balcón de una novelística española renovada. “Volverás a Región” –ahora reeditada por Debolsillo en una biblioteca de recuperación de los mejores títulos benetianos, en sus textos originales (sin censura o faltas) y en el caso que nos ocupa con los dos básicos y únicos artículos que la saludaron, el de Conte y el de Gimferrer- apareció en diciembre de 1967, pero aparte de su muy larga prehistoria, Benet afirma que estaba terminada en 1964. Un mundo telúrico, entre León, España y el intelecto, juegan la creación de un universo hosco, oscuro y sobre todo denso y sombrío como la condición humana… La pregunta ha vuelto a surgir estos días (a propósito de la biografía de Martín Santos) ¿“Tiempo de silencio” o “Volverás a Región”? Como tantas veces ocurre entre nosotros parece obligado elegir. Mal asunto. ¿Porqué no ambas? Con “Señas de identidad”las dos hacen que la narrativa española se ensanche. Guste más o menos un camino u otro. Ya avisaba Conte, que como casi todos entonces, nada sabía de Benet: “El libro, de un interés evidente, sufre por su inconsistencia argumental”. ¿No se trataría precisamente de eso, y no habíamos llegado a “Saúl ante Samuel”? Juan Benet (1927-1993) era un ingeniero de caminos, alto, delgado –con bigote al final- socarrón e irónico, con fama de hacer “sufrir” a sus devotos (que los tuvo) pero cordial y divertido cuando se llegaba a la amistad. Rosa Chacel –no llegaron a conocerse, falló la cita que les prometí- decía que era el mejor novelista español del momento, pero que no había logrado terminar ni uno solo de sus tomos. Eso le gustó a Benet, como le gustó el tono de Rosa respecto a qué era una novela. Cuando un periodista preguntó a la anciana en qué trabajaba, ella respondió que quería terminar una novela que se llamaba “El pozo artesiano”. El periodista (desconocedor del personaje) preguntó que de qué trataba la novela. Rosa irritada le replicó: “¿Pues de qué va a tratar, criatura? De un hombre que camina por el campo y se encuentra un pozo artesiano.” La anécdota le encantó a Benet. En efecto, eso es cuanto se puede decir –no leer- de una novela. Ellos, con nostalgia.
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