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BECKFORD

¿Sería el tema la perversión? ¿El mal? ¿El escándalo acaso?

Me sedujo el retrato de Romney: Un caballero en el ápice

de la caballerosidad… ¿No iba galopando entre enanos siervos,

a lo lejos las torres de Bath? Entendió que la escurridiza libertad

del hombre pasa por el amor prohibido, dulcemente, por la belleza

ilícita y por llamar Eblis a un ser superior en el Bien que es el Mal…

No le saludaron. Sólo el dinero le salvó. Sólo su petulancia…

¿Y hoy, mi amigo, no sucedería lo propio? Conoces a personajillos

infames  que se salvan por lo mismo pero están a galaxias de nuestro

singular William ¿no? Todos nos escurrimos hacia la sombra luminosa,

todos tanteamos oscuros en el pantano y no somos esa altura…

¿Cree en cierta aristocracia? Creo, pero no en los títulos vulgares

si no –permita que lo diga- en la magnitud de la excelencia.

Sé: los monaguillos de Madrid, el noble y hermoso Courtenay…

Sólo hizo el bien pero era perverso. Aristocráticamente. Lo sé, todo

ello no se entiende hoy: Reino de la nada plebeya y la tinaja seca.

Beckford pasa en un galope invisible. ¿Te agrada? ¿Lo detestas?

Sólo alcanzo a saber que sin el desorden de lo excelso habría

únicamente una puerta tapiada, y que sólo lo oscuro nos hace vivir,

sólo el gozo que bordea la tinta negra. Vale el esplendor secreto.

Por eso lo miro –perdón- airoso y seguro de una vanidad inteligente.

Y solo esa alegría, sólo ella (créeme) da sentido a este andurrial: la vida.

¿Se entiende que la perversión está detrás, lo que llaman así? ¿Te diste

cuenta? No hace falta aceptar, escucha, solo ver la galopada que tiembla…

Dilo: No hice la ley y al mundo, naturalmente, lo desdeño.

 

 

 

 

 


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