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Basquiat, subcultura y alta cultura.

(Este artículo se publicó en diciembre de 2010 en la revista de  Girona «Bonart, lo traigo aquí, ahora revisado, por el recorrido que he hecho últimamente por partes de la «galaxia Warhol» y también por los muertos o caídos jóvenes en relación a «Mártires de la Belleza».)

Jean Michel Basquiat (su padre era un emigrante haitiano y su madre de origen puertorriqueño) fue un pintor norteamericano negro y no mal parecido, que alcanzó gran notoriedad en los últimos años de su vida joven, siempre fluctuando -algo no desconocido por el arte moderno- entre quienes lo consideraban un «bluff» más o menos inventado o sostenido por Andy Warhol, y quienes creían que era un gran artista absolutamente nuevo, surgido de la subcultura urbana pero llamado al gran arte, o al menos ( como parece ocurrir) al arte de los grandes museos…

Basquiat nació en el neoyorquino Brooklyn en diciembre de 1960. Y aunque siempre estuvo interesado por el grafismo y estudió en varias escuelas, siempre terminaba en la calle por «rebelde», porque al fin esa calle y los objetos y seres que la poblaban eran su mundo. Con su amigo Al Díaz (de origen dominicano, después escritor conocido) empezó a frecuentar bandas y drogas y a pintar camisetas que vendía en cualquier parte. Luego hizo «graffiti» en el metro, junto a Al.  Unidos, esta pareja rebelde llamada a una fama que probablemente en ese tiempo (1977) no esperaban, crearon un acrónimo con el que firmaban o se distinguían -en cierta manera resultaba un emblema de su mundo- SAMO, que viene de «SAMe Old shit», es decir «la misma vieja mierda», con lo que se referían a todo lo tradicional, desde la política a la religión. El SAMO tenía que salvar a cuantos pudiera de semejantes horrores. Por entonces los conoció Warhol, «el papa del pop». Y pensemos: ¿podría haber algo que le gustara más que esa pareja de muchachos mulatos o negros y rebeldes y tocados por una transgresora vocación de arte, que indudablemente se mezclaba con su propio vivir, que como el de otros neoyorquinos de la época (Patti Smith, Mapplethorpe o Lou Reed) no quería conocer fronteras ni límites?   Como es natural en todo lo que aspire a la vanguardia habitual o a sus modos, un acrónimo o una sigla ha de morir joven también para dejar paso a otra, y así en 1979, cuando «The Village Voice» (el periódico de todo lo nuevo en la megalópolis) ya había hablado del SAMO, Basquiat declaró que éste ya había muerto  y que ahora prefería el Gray, un grupo musical fundado por él que actuaba en «pubs» con clarinete y sintetizador. Pero pese a esa vida desordenada y desde luego drogada, Basquiat se estaba ya acercando al arte, pues a través de su amor por el graffiti y su pasión por el expresionismo abstracto (Jackson Pollock o De Kooning) decidió expresar las raíces populares del Caribe con esa técnica pictórica de la gran ciudad y el remanente de un significado superpuesto o sotopuesto que el espectador debe indagar. Así empezarían a surgir ( a partir de 1980) lo que un crítico llamó «combinación chocante del arte de De Kooning y de los garabatos pintados con aerosol en el metro de Nueva York». ¿Arte? Sería (fue) la pregunta. Pero estábamos en un momento en que arte podía ser todo lo que pretendiera serlo. El maestro Duchamp lo había dejado claro: un urinario es sólo un urinario, pero si lo insertamos con fondo de terciopelo en un marco barroco, no habrá duda de que lo hemos convertido (fuera de su utilidad, de su plebeyez) en una real obra de arte. La primera exposición de obras de Basquiat -que se decía atraido además por el cine, por la música y por la poesía- se realizó en ese mismo 1980 -recoredemos, casi no tenía 20 años- en el Times Square Show, una suerte de galería de arte alternativo que tenía su sede en un almacén del Bronx abandonado. Acababa también de entrar en contacto con el pintor y autor de graffiti Keith Haring…

Pinta a las estrellas del jazz que adoraba, como Miles Davis, Charlie Parker, Billie Holliday o Dizzie Gillespie y es escogido para exponer en la Documenta de Kassel, en Alemania.  Detrás está Warhol y su » Factory», no hay duda (a pesar de que no pocos la considerasen ya declinante) pero estamos en 1982 y los primeros éxitos notorios de Basquiat van a ir ligados a la búsqueda de la «transvanguardia» norteamericana, donde aparecen con él, S. Chia, D. Deutsch o Julian Schnabel. Jean Michel Basquiat comienza así a ser catapultado a una fama que va a ser meteórica y ruidosa por sus declaraciones contradictorias, por la polémica sobre el valor de sus cuadros (que crece) y por una vida que se descubre pronto, a partir de entonces, vivida al límite y llena de adicciones. Quizás entonces debamos seguir por el final, para terminar -y así se entenderá mejor- por las etapas de una carrera meteórica y finalmente trágica.

A partir de 1983 Basquiat gana mucho dinero. Ha expuesto en América y en Europa, e impulsado por sus raíces, en 1986 decide exponer en África, y lo hace en Abidján, capital de Costa de Marfil. Luego esas más de 80 obras (para algunos sumamente «fáciles») las lleva al prestigioso Kestner- Gesellchaft Museo de Hannover, convirténdose -al filo de sus 26 años- el el artista más joven que expone en dicha institución. Luego la muestra irá a París y a Nueva York. Pero Basquiat está cansado o estresado o enfermo y se va a su casa de Hawaii (ya la tiene) a reponerse y a intentar curarse. Poco después muere Andy Warhol. Basquiat regresa a Nueva York  en junio de 1988 y declara que, está mucho mejor, y que ha logrado dejar atrás esas adicciones que le hacían politoxicómano. Sin embargo el 12 de agosto de ese mismo 1988, Jean Michel es hallado muerto en su casa por una sobredosis de heroína. El artista más raudamente célebre del arte afro-americano había fallecido con 27 años de edad. ¿Había sido una suerte de prodigioso neo-Rimbaud de la pintura transvanguardista, mezclador de lenguajes, de lo bajo a lo alto? ¿O sólo, acaso, otra alucinación, glamurosa y trágica, de aquellos años febriles llenos de grandeza y de disparate? Me parece que la pregunta no está del todo resuelta, pese a la categoría de un Basquiat, que ya no podría envejecer nunca…

Los críticos suelen (ya hoy) catalogar la obra de Jean Michel Basquiat en tres períodos:  El primero (entre 1980 y 1982) es el de los graffiti sígnicos, que unen visiones de las calles ciudadanas con las tradiciones de culturas primitivas de las que el autor se sentía heredero, por lo que las calles y sus objetos se entreveran con calaveras , esqueletos y máscaras africanas, por ejemplo. Algunos creen -pese a su aspecto menos hecho- que este es el período mejor o más puro de la obra de Basquiat. El segundo (entre 1982 y 1985) es el de las obras pobladas de palabras-concepto, imágenes de vudú o santería e imágenes (aquí se nota la influencia de Warhol) de retratos de músicos de jazz, escritores, jugadores de baloncesto, boxeadores y múltiples otras referencias a la sociedad de consumo norteamericana. Según otros críticos esta es la etapa de su producción acelerada en la que Basquiat habría buscado lo más fácil, lo más habitual para cierto consumidor de pintura moderna o «transvanguardista» en este caso. Ahí se sitúa, sin embargo, alguno de sus trabajos más conocidos como el tríptico «Zydeco» -la palabra está escrita en el panel central- de 1984,  que muestra en su línea elaboradamente simplista a un hombre tocando el acordeón, en el centro, mientras en los paneles laterales otro hombre de perfil, esquemático, está filmando con una cámara en la mano, mientras en el panel izquierdo, más geométrico y con predominio del negro, hay múltiples símbolos, incluidas las muy habituales calaveras, esquemáticas también, en este caso cuatro, sobre la palabra Westinghouse. ¿No es ya complejo este trabajo, aunque algunos no cesarán de afirmar que «mal pintado»? La tercera etapa, enfín (para la mayoría la más ambiciosa e importante, iría de 1986 a 1988) se caracterizaría por cuadros cada vez más sofisticados o complicados y de contenido más complejo, con figuración pictórica singular y múltiples y fragmentarias alusiones a esas culturas primitivas de la negritud que nunca dejó de reclamar, aunque también brote un interés más nuevo por la cultura azteca, grecorromana o del antiguo Egipto. Aunque naturalmente el lienzo (incluso por todo ello) sólo puede ser entendido en el marco de lo que llamamos o designamos como cultura occidental. El mismo pintor declaró entonces: «Mi trabajo no tiene nada que ver con los graffiti. Forma parte de la pintura. Yo siempre he pintado.»  Para muchos -muerto Basquiat- se trataba sólo del último discípulo «sui generis» del padrino Warhol. La leyenda, rimbaldiana, de un genio romántico, atractivo y ruidoso, aunque discutible siempre. Otra utopía del muchacho salvaje.  René Ricard , mánager y crítico de arte, le había augurado: «Haré de ti una estrella.» Para rematar, más tarde: «Nadie querrá ser parte de una generación que ignoró a otro Van Gogh». Pero es que no lo ignoró, en absuluto. Como máximo lo discutió.  Como todos los mitos -y el de Basquiat lo es en la pintura contemporánea- está basado obligadamente en una muerte trágica y temprana: Como el propio Rimbaud para la poesía o como James Dean en un plano más general. El propio Ricard afirmaría: «Hemos encontrado al niño radiante del siglo.» ¿Exagerado?  El artista chicano Benny Dalmau y el transvanguardista italiano Francesco Clemente coinciden al testimoniar que, cuando pintaba, Basquiat parecía animado por una fuerza y una vitalidad incontenibles y de alguna manera inesperadas unos minutos antes…  Si faltaba algo para completar la leyenda, lo oportó un compañero suyo de promoción pictórica metido a cineasta ( fue su primera película) Julian Schnabel, quien estrenó en 1996 un sigular «biopic» titulado «Basquiat», que al parecer le había costado años de rodaje, y donde para rizar el rizo necesario de la modernidad, el papel de Andy Warhol está interpretado por David Bowie. Frente a esta tradición del genio asilvestrado y autodestructivo, otros  (como Francesco Martinelli) se empeñan en analizar con rigor los múltiples elementos que caben y componen una de las últimas obras de Basquiat, «King Zulú», acrílico con cera y rotulador sobre tela, que el crítico vuelve a emparentar entre múltiples referencias (lo obvio es que en Jean Michel Basquiat se superponen los lenguajes alusivos) al poderoso universo y enigma de su sentir el jazz, parte en buena medida de la cultura global de la negritud. Como sea, todo exposición antológica o repaso a la obra total de Basquiat nos sigue, ineludiblemente, situando ante dos realidades que pueden o no fundirse: el mito romántico actualizado del joven y radiante genio que amalgama vida y obra hasta la autodestrucción, pero donde a la postre el vivir sostiene a la tela. O al contrario: un apasionado pintor experimental, lleno de significados y honduras entre un lenguaje pictórico propio, el pop, la transvanguardia, el expresionismo abstracto y las culturas primitivas, esencialmente negras. O (porque esta voz discordante no ha dejado de sonar, con más o menos vigor) la indebida categorización como «gran artista» contemporáneo de un chico de barrio un poco «pintamonas» a quien una vida absolutamente representativa de su tiempo y su lugar y el patrocinio de ciertos gurús de la cultura, desde algunos críticos especializados al gran promotor Andy Warhol, convirtieron en lo que era y no era. No era (según esa voz) un «gran artista» pero sí, eso no se puede dudar, el icono de un tiempo lleno de medias verdades. Como es lógico será el espectador de la obra de Basquiat (eso sí, con información rica y bastante) el que juzgará, finalmente, si estamos ante un genio fugaz, ante un trampantojo singular y significativo o ante ese «niño radiante» y pleno de posibles ricas lecturas, tal como lo quiso mostrar o descubrir el primer gran artículo que lo celebraba. Funciona como «gran arte» de un mundo que validó la subcultura urbana, pero (insisto) la pregunta fundamental no está del todo contestada.


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