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Decadencias

Banderas y la lengua del cine.

No hace mucho volví a ver -en DVD- “Amarcord” de Federico Fellini. La película es de 1974 y recuerdo que entonces nos gustó a muchos jóvenes más o menos cinéfilos. Los recuerdos nostálgicos e irreverentes de un autor con aureola. Un cine más que narrativo lírico, porque los recuerdos son secuencias quebradas, muy raramente lineales. No hacía falta ser un devoto de Resnais (“El año pasado en Marienbad”) para saber que los lenguajes del cine moderno eran plurales y que no todo concluía con la narrativa fílmica norteamericana. Pero me decía yo la noche que revisité “Amarcord”¿gustaría hoy esta película, pese a la gran fama que el director tuvo? Y me contesté: no, la mayoría la juzgaría un tostonazo, pese a las tetas de la estanquera. Cuando salía de ver, antesdeayer, “El camino de los ingleses”, la segunda película de Antonio Banderas, los comentarios que oí del público me dieron la razón: ¡Menudo pestiño! Repetían los de voz más sonora…

No, no voy a comparar a Antonio Banderas con Federico Fellini. A nuestro malagueño americanizado aún le queda un buen trecho. Pero es curioso y encomiable (aunque el resultado no pase de mediano) que Banderas se haya decantado por un lenguaje cinematográfico lírico, muy acentuado -demasiado quizá- por la voz en off, a ratos empalagosa, falsamente literaria, que subraya ese mundo de iniciación y de reflexión sobre la vida y su decurso en un grupo de muchachos en la Málaga de las postrimerías del franquismo. Un lenguaje lírico y una clara voluntad estética e intelectual (planos muy estudiados) en la dirección de un actor que se ha hecho famoso interpretando un cine muy distinto, por ejemplo “El Zorro”. No he leído “El camino de los ingleses” de Antonio Soler, pero su propio guión  se excede en texto. O bien Banderas no domina aún ese lenguaje fílmico alternativo, al que el espectador actual se está desacostumbrando. O acaso la historia de ritos de paso parezca pedir (los temas reclaman su dicción, como bien sabía la vieja retórica) una película más lineal, más directa, menos pretendidamente intelectual y hasta sofisticada. No voy a defender a Antonio Banderas porque ningún multimillonario precisa mayor defensa que su propio poder, y porque pocas veces una película tan minoritaria habrá tenido en nuestro país (donde todo el que viene de fuera ya es rey) mejor y más amplia cobertura mediática. Pero sí que lo alentaré en su camino, aunque no le haya salido redondo. El cine no se termina en Hollywood, ni siempre ha sido “made in USA”, aunque nos lo hayan vendido a placer y a veces (sólo a veces) sea excelente. Hay (o había) otro cine, menos directo, más reflexivo, con montajes menos lineales, con cámaras utilizadas de forma menos previsible. Un cine -Pasolini, Fellini, Visconti, ya que andaba con italianos- que creía y usaba otra lengua de imágenes, sólo más literario porque nació (como tanto cine) de novelas leídas por un director que supo hacerlas imagen, o sea otra cosa. Que al público mayoritario no le guste “El camino de los ingleses” porque la película es regular, pase. Pero que le eche para atrás otra manera de lenguaje fílmico -el que Banderas intenta noblemente- eso, en verdad, es gran lástima.


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