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BALTASAR DEL ALCÁZAR, SIGLOS ÁUREOS

Muchos españoles, sea ignorancia (que abunda) o un antiguo y nefasto complejo de inferioridad, desconocemos la magnitud y alteza de esos casi dos siglos en que España fue cimera en arte y literatura: XVI y XVII. Podemos pensar -sin casi haberlos leído, a menudo- en nombres como Cervantes, Lope, Quevedo -que según Borges no fue un hombre, sino toda una literatura- Calderón, Góngora o Gracián, entre tantos… Dirán, se me olvida Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Garcilaso, Herrera, Aldana. ¡Hay tantos y de tal brillo, que hasta podemos ver como “menores” -en comparación- a autores de suyo magníficos! Cuando, poco antes de la Guerra Civil, Luis Cernuda hizo una bella y pequeña antología de poetas áureos de la Escuela sevillana (Arguijo, Medrano, Rioja… “menores” de categoría) desdeñó  por “necio” al espléndido y epigramático Baltasar del Alcázar -1530/1606- sevillano que murió en Ronda, hombre culto y muy epicúreo, amigo de vinos, yantares y mujeres, que no publicó nada en vida, porque fue soldado primero en las galeras de don Álvaro de Bazán y después administrador del Conde de los Gelves, pero que tocó con maestría todos los palos de la lírica, desde la amorosa a la religiosa, aunque destacó en la sátira, la parodia y el epigrama, con muy notable calidad. Baltasar, culto y gozador, murió de males venéreos, gota y mal de piedra, dolencias de vividores, por ello no está mal (aunque sea parcial, de cierto) la antología que ha sacado Renacimiento de los versos áureos de Alcázar, con el título de “Inés, jamón y berenjenas con queso”, que es  verso suyo. La selección es buena y varia, y demasiado castizo acaso el prólogo de Arturo Echavarren.

Hay de todo y bueno en la colecta, pero destaca esa técnica suya (que está en la famosa “Cena jocosa”) de dejar de contar lo que promete decir, por voluntarios cansancio, despiste o sueño -un no decir muy moderno- y claro, por sobre sacralidades o amor petrarquista, los epigramas a la abeja semejantes : “Si es o no invención moderna,/ vive Dios que no lo sé,/ pero delicada fue/ la invención de la taberna”. La cercanía, la cotidianeidad lúdica y el gracejo del rijoso don Baltasar son ciertamente espléndidos, aunque sean tenidos por géneros bajos.  Además (burlas o veras) no deja de ser muy franco al hablar de sus males: “De una enfermedad secreta/ tengo, Belisa, un antojo…” O como en estos descarados versos a Cupido: “Suelta la venda, sucio y asqueroso,/ lava los ojos llenos de legañas, abre las nalgas y el lugar expuesto,/hijo de Venus…” Alcázar puede ser menor junto a Quevedo, pero es un poeta de rango primero.  Hace sextinas, sonetos, redondillas, poemas épicos o amorosos (los épicos contra Inglaterra, siempre nuestro peor enemigo) sacros también o incluso garcilasistas, pues fue amigo de otro grande de esa escuela, micer Gutierre de Cetina, que murió en México.  Sonetos sobre el soneto y epigramas acertados y puros. No fue un poeta de ocasión, fue un grande en un tiempo, ello sí, donde casi podían hacerle sombra por todas partes. . “Aconsejándole a Inés/ se quite de su marido,/que anda entre putas perdido,/respondió como quien es:/ Aunque veo por extenso/ lo mal que hace en dejarme,/ yo no pienso de él quitarme,/ mas desquitarme sí pienso.”


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