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Artur Mas, mesiánico.

(Este artículo se ha publicado este viernes en todos los periódicos del grupo Promecal.)

Estuve hace pocos días en Tarragona dando una conferencia. Luego paseé por la ciudad con un amigo, el  pintor Josep Maria Rosselló.Creí que todo estaría lleno de carteles electorales. No. Había más bien pocos, aunque la mayor parte eran de CiU. Los de los candidatos locales eran carteles normales, no así el de Artur Mas. La mitad derecha del cartel muestra a un Mas de medio cuerpo con una sonrisa un tanto beatífica; la parte izquierda, sin embargo, enseña el brazo alzado del líder y la mano suavemente abierta, entre el saludo y un signo de avanzada. Pero esa mano parece flotar en una neblina o aura blanca, que dota al conjunto de un aire misticoide. Al lado las palabras destacadas VOLUNTAT (Voluntad) y POBLE (Pueblo). En ningún momento se pide explícitamente el voto. No hace falta. Quien entra al cartel –fino y burdo, al tiempo- entra en un espacio mítico.

Por no decir yo lo que aquello me parecía –una trampa- se lo pregunté a Rosselló: ¿Qué te parece? Y él, plena y sabiamente catalán, me dijo la palabra: “Mesiánico”. Era exactísima. El cartel sugiere (ya he dicho, es publicidad nueva y muy antigua) que quien vote a Artur Mas –y a su partido- poseerá de inmediato la felicidad eterna. Es algo torpemente religioso, aunque no sepamos de qué religión primitiva. El cartel (el más repetido) dice que si ganan CiU y Artur Mas, los catalanes entrarán –es la promesa de un mesías- en una etapa beatífica de absolutos felicidad y bienestar. Todos sabemos que eso no es verdad. El amigo pintor me dijo: Para que el cartel fuese creíble tendrían que hacernos a todos un ingreso en el Banco. Me recordó una frase de Woody Allen: “Creería más en Dios si encontrara en el Banco un ingreso a mi nombre.” Mas no hará ese ingreso porque no puede, pero el señuelo está echado. Si gana el mesías, Cataluña entera (no sabemos por dónde) entrará jubilosa en un reino célico. Yo creía que este tipo de publicidad no se hacía ya. Hoy , cuando vemos más los defectos de los políticos –que son bastantes- que sus virtudes, que han de probar, parece infantil sino fuera capciosa esta propaganda iluminada, entre la ciencia ficción y los cuentos de hadas. ¿Podrán creersela los catalanes, pueblo viejo y avisado? El nacionalismo es cegador, cierto. Loco, además. Y como corolario de ambas cosas, aspira a ser carismático. ¡Hércules nos asista!


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