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Decadencias

ARTE Y FIN DEL MUNDO

Todos estamos más convencidos cada vez de que la famosa crisis económica (que tanto sufrimiento ha traído)  no es meramente esa dolorosa crisis de dinero sino una más total crisis de valores, crisis de un sistema de vida, colapso de un mundo… Quizá no importe lo que tarde en llegar en final, sabemos que ese fin ya ha empezado. Se puede suponer que es la crisis última de un capitalismo que ha sido tan abusivo, se hacen frecuentes y no decorativas comparaciones con el fin del Imperio Romano, porque no faltan signos 9788498959154_l38_04_hcoincidentes: Migraciones que pueden tornarse agresivas, tremenda decadencia cultural (la gente sabe cada vez menos de todo), diferentes modos de vida y hasta un comportamiento urbano más rudo. A todo ello puede sumarse el hecho de que se dude del valor de palabras que estuvieron plenas de rico y cabal significado, pero que ahora mismo suenan a vacías o –lo que es casi peor- a tramposas. Valga el ejemplo de “democracia”, de nobilísima trayectoria. ¿Hay muchos que crean hoy, en nuestro Occidente, que estas constituidas democracias son limpias o son democracias, cuando las libertades individuales cada vez son más exiguas y estrechas, porque se echa mano de cámaras secretas y control íntimo, con el pretexto de la “seguridad”? ¿La seguridad es más que la libertad? ¿Son por ventura incompatibles? Tantas cosas que van 14780763228298mal, tanta gente que sufre, tantas crisis de población y religión, tantas viejas o viejísimas ideologías que tratan de venderse como nuevas asustan, y no hemos hecho una enumeración ni remotamente exhaustiva…

Esto (y más) es lo que aparece en un libro de poemas del extremeño Diego Doncel, que acaso ha pasado un tanto inadvertido, no sé si porque además es poesía, me refiero a  “El fin del mundo en las televisiones” (Visor) donde la denuncia cívica se une sabiamente a la descripción del desastre. Esto nada tiene que ver con lo que fue la antigua “poesía images-12social” de Celaya o de Blas de Otero. Aquí hay más catástrofe, más grito, más sensación de caos o de engaño y mucho menor reclamo de ninguna ideología política determinada, porque ante el derrumbe parecen obsoletas todas.  Títulos de poemas como “Vertederos sociales”  (“Es mejor obedecer aunque sea una humillación”) , “Una lluvia roja y morada”  (“El olor del petróleo es el olor del océano”),  “Un colchón bajo el paso elevado” (“Te he dicho muchas veces que nos han hecho vivir en medio del engaño/ que nos han convertido en seres apócrifos…)  o “No hay castigo img_2474para el crimen” (“Lo cuidan aquellos que atentaron contra él, que fueron sus verdugos”) y tantas imágenes más, que todas se suponen vistas por diferentes canales de televisión, no hablan sólo de deshumanización      –acaso ya una etapa pasada-  sino de un mundo que se cae porque nos tira, nos descuida y nos abaja. No es sólo una crisis económica, que también, sino una profunda argullolcrisis de valores que nos lleva al desconcierto. “La política, la economía, la forma de sociedad que hemos creado hacen que vivamos en una profunda insatisfacción”. Este libro singular puede ser –hay otros en la línea- un síntoma, otro, del mal. Un antiguo libro de Argullol se impone: “El fin del mundo como obra de arte.”32-el-fin-del-mundo-como-obra-de-arte-1990

 


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