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Apuleyo (Un poema de “La prosa del mundo”)

Nobilísimos rétores, mis amigos: La revelación de Eros dormido (y cuán magnífico será ver dormir, en su divina laxitud, a un dios) fue, realmente, el efecto de tres milagros, casi consecutivos: Un viejo texto persa, traducido al griego. Un sueño, una noche en Cartago. Y el amanecer en que vi a Polixeno.

“La belleza del cuerpo, no lo dudes, refleja la belleza del alma. No de cualquiera que la posea (pues no todos la tienen) sino la lumínica beldad del Alma misma: paraíso de labios, rosa de seda afgana, citiso sobre las nalgas de Dios extenso. Alma visible, corazón de la perla, coraza de diamante vuelta sangre tibia: sábelo, la belleza es eso.”

La casa era oscura y caliente. Sentía moverse, abanicarse palmeras, no sé donde. Porque yo entraba, descalzo, como entra el ladrón que va a robar, pero no era tal mi intento. Esperaba algo, presentía con el corazón violentamente acelerado que algo iba a ocurrir. Un hecho sublime que tensaría mis músculos y mi fuerza. El aire contenía eventos. Y miré si mi túnica sería bastante a contener mi excitación. Todo era oscuro, entre violeta y verde. El calor sensitivo como las flores de los barrancos. El perfume excesivo, un pomo quebrado. Y las palmeras –afiladas, altas- no sé dónde. De pronto, como se parte la corteza del melón y el perfume de la uva pronta y la breva preñada de carnales, minúsculos rubíes, empezó a llover. Una cálida y potente lluvia, que me hizo aullar de felicidad, completamente chorreando agua, mientras un gato contemplaba aquiescente. No quería despertar. Me tocaba, por si aún quedaba agua de esa lluvia.

Es un joven esclavo etíope. Me ha dado placer algunas noches, por rutina. Ciertamente es bello. Y había visto relucir sus dientes puros. Me acerqué a su alcoba, porque ya lo había tenido. Sobre la yacija revuelta yacía de espaldas, dormido y desnudo. Lo contemplé por vez primera, aunque hubiera habido otras mil, pues a veces ocurre. La vez primera. Como oro perfumado con canela olí su piel, plumón de cisne. Sus negros cabellos derretían la mirra en el sudor del denso estío. Y entre las persianas entornadas y azules, la luz lunar, como por casualidad, resaltaba la combada y sublime perfección prieta del culo. Como el lago riela bajo el véspero. Lo recorrí con la lengua.

Mis amigos, rétores nobilísimos: la perfección agota y la belleza da más sed que el diestro desierto. Estragado y casi muerto, reflexioné: La vecindad del dios es esto.

 


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