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APULEYO, OTRA APROXIMACIÓN AL MUNDO ANTIGUO

Lucio Apuleyo nació en la ciudad de Madaura, que estaba en la costa de lo que hoy es Argelia. Nació el año 125 de nuestra era en una familia rica, y estudió en Cartago , gran ciudad próxima, y en Atenas. Gracias a su dinero pudo desempeñar cargos municipales en Madaura, que abandonó para casarse con una viuda rica, Pudentila, que tenía un hijo un tanto salvaje según nuestro Apuleyo, pues termina hablando sólo púnico y en brazos de gladiadores. Escritor espléndido, prosista, filósofo, rétor y mago, Apuleyo es una de las grandes figuras latinas del siglo II y un autor que con su novela «La Metamorfosis o el asno», llamada después «El asno de oro» (Asinus aureus) se anticipa a la picaresca al narrar las múltiples aventuras de Lucio, convertido en burro, pero inteligente, volcado al culto mistérico de Cibeles y en cuyo entorno narra la bellísima fábula de Eros y Psique, de tan larga tradición después. Entre sus otros libros, «De deo Socratis» (El demon de Sócrates), «De Platone et eius dogmate» (Sobre Platón y sus doctrinas) y sobre todo «Apologia o De magia prope liber» (Apología o Discurso  sobre la magia en defensa propia). El notable y singular Apuleyo parece -no es seguro- que murió en la romana Cartago -ahora al lado de Túnez- hacia el año 180. «El asno de oro» fue muy pronto traducida al español, ya en el siglo XVI, por Diego López de Cortegana. Hoy abundan las traducciones de Apuleyo (en España y México) la mayoría debidas a latinistas. En mi libro de poemas «La prosa del mundo» (2009) va este poema que quería recrear el mundo todo de Apuleyo, tan singular y fascinante.

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Nobilísimos rétores, mis amigos: La revelación de Eros dormido (y cuán magnífico será ver dormir, en su divina laxitud, a un dios) fue, realmente, el efecto de tres milagros, casi consecutivos: Un viejo texto persa, traducido al griego. Un sueño, una noche en Cartago. Y el amanecer en que vi a Polixeno.

“La belleza del cuerpo, no lo dudes, refleja la belleza del alma. No de cualquiera que la posea (pues no todos la tienen) sino la lumínica beldad del Alma misma: paraíso de labios, rosa de seda afgana, citiso sobre las nalgas de Dios extenso. Alma visible, corazón de la perla, coraza de diamante vuelta sangre tibia: sábelo, la belleza es eso.”

La casa era oscura y caliente. Sentía moverse, abanicarse palmeras, no sé donde. Porque yo entraba, descalzo, como entra el ladrón que va a robar, pero no era tal mi intento. Esperaba algo, presentía con el corazón violentamente acelerado que algo iba a ocurrir. Un hecho sublime que tensaría mis músculos y mi fuerza. El aire contenía eventos. Y miré si mi túnica sería bastante a contener mi excitación. Todo era oscuro, entre violeta y verde. El calor sensitivo como las flores de los barrancos. El perfume excesivo, un pomo quebrado. Y las palmeras –afiladas, altas- no sé dónde. De pronto, como se parte la corteza del melón y el perfume de la uva pronta y la breva preñada de carnales, minúsculos rubíes, empezó a llover. Una cálida y potente lluvia, que me hizo aullar de felicidad, completamente chorreando agua, mientras un gato contemplaba aquiescente. No quería despertar. Me tocaba, por si aún quedaba agua de esa lluvia.

Es un joven esclavo etíope. Me ha dado placer algunas noches, por rutina. Ciertamente es bello. Y había visto relucir sus dientes puros. Me acerqué a su alcoba, porque ya lo había tenido. Sobre la yacija revuelta yacía de espaldas, dormido y desnudo. Lo contemplé por vez primera, aunque hubiera habido otras mil, pues a veces ocurre. La vez primera. Como oro perfumado con canela olí su piel, plumón de cisne. Sus negros cabellos derretían la mirra en el sudor del denso estío. Y entre las persianas entornadas y azules, la luz lunar, como por casualidad, resaltaba la combada y sublime perfección prieta del culo. Como el lago riela bajo el véspero. Lo recorrí con la lengua.

Mis amigos, rétores nobilísimos: la perfección agota y la belleza da más sed que el diestro desierto. Estragado y casi muerto, reflexioné: La vecindad del dios es esto. Os habla Apuleyo.

 


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