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Decadencias

Apollinaire y el erotismo

Guillaume Apollinaire (pseudónimo de un personaje nacido en Roma pero de origen polaco, Guillermo de Kostrowitzky, 1880-1918) no fue sólo uno de los grandes y acaso el primer poeta de la Vanguardia, especialmente con sus “Caligramas” de 1918, sino un empedernido erotólogo, lo que lo vuelve, si cabe, más moderno… Como poeta fue experimentador y clásico a la vez (no es poeta de piruetas tan sólo) y abrió el cubismo y prologó el surrealismo, con su obra dramática “Las mamas de Tiresias”. Picasso lo retrató varias veces, la última ya con el turbante que acreditaba su herida de guerra en la cabeza de la que, al fin, murió. Afirmó que la escritura del marqués de Sade llenaría el siglo XX, y no se equivocó probablemente. Publicó novelitas obscenas como “Las once mil vergas” (1906) y al poco un ensayo sobre los libros prohibidos por pornográficos que guardaba “El Infierno de la Biblioteca Nacional” (1913). Pero no se quedó en palabras. En 1914 –poco después de iniciarse la guerra y mientras esperaba ser llamado a filas- conoció en Niza, en un ámbito decadente de fumadores de opio- a una aristócrata sin dinero, Louise de Coligny (abreviamos los largos apellidos, Apollinaire diría que era la misma “sangre de San Luis”) con la que tuvo una intermitente pero apasionadísima relación erótico-amatoria, en la que todo se permitió, incluso el sadismo consentido. Tal es el origen de las hoy famosas “Cartas a Lou”, publicadas póstumas y muy tardías (Lou murió en 1963) que no sólo relatan esa pasión, entre 1914 y 1915, sino que están llenas de poemas y caligramas que la reciente edición de El Acantilado, muy cuidada, reproduce en apéndice en francés. Traduce la edición de Michel Décaudin sin duda la única completa que existe, ya que este libro real (no hay ficción) tiene muchas ediciones fragmentarias. Lou (la “pequeña”, “adorada” y “lobita” del autor) no fue con todo suficiente en ese tiempo –la guerra y sus libertades los separaban de tanto en tanto- para saciar la pasión de Apollinaire, que a la vez cultivó el amor (menos apasionado) de una joven maestra de escuela, Madeleine Pagès, a la que hará confidencias sobre la apasionada Lou. Desaforado amor el de Gui y Lou que tendrá su punto culminante el día de Año Nuevo de 1915 en Niza (él está de permiso) para empezar a deshacerse a finales de marzo en Marsella, destruyendo las esperanzas del cabo Kostrowitzky en los poderes omnímodos del erotismo. En un poema le ha escrito: “Me hablabas del vicio en tu carta de ayer/ El vicio no entra en los amores sublimes”. Y el caso es que el verso segundo es verdadero y lapidario como comprobarán los lectores de estas íntimas “Cartas a Lou”, completas ahora en español. “Todas las bellezas que el mundo ensalza no son nada en comparación con mi querida Lou, a la que abrazo con todas mis fuerzas y beso en todo el cuerpo, hasta en el carnoso culo de chiquillo desobediente al que hay que azotar para realzar sus bellos encantos femeninos. Te amo.” El amor como potro desbocado, el eros como boca de conocimiento y sabiduría. La carne, carne es, pero se vuelve prosa sápida y poema. Lo que ocurre (y Apollinaire lo supo bien frente al status de la burguesía) es que erotismo y amor, coincidentes a ratos, no son en verdad, la misma vía. Lou, el cuerpo de la Vanguardia en el altar de Príapo. Y Sade ríe rejuvenecido.


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