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Antonio Porchia, la voz del silencio

Se discute qué fue, en verdad, este hombre solitario que pasó por la vida casi sin hacer ruido. Antonio Porchia nació en  Coflenti (Catanzaro, Italia) en noviembre de 1885 y fue uno de los muchos meridionales que emigró a la Argentina. Llegó a Buenos Aires con 17 años y allá se quedó hasta su muerte en noviembre de 1968, casi a punto de cumplir 83 años.  Nunca se casó y vivió humildemente y con muy pocas pertenencias, salvo los cuadros que le regalaban sus amigos pintores. Pero, recién llegado a  Buenos Aires trabajó en todo, desde la carpintería hasta la imprenta, y parece que anduvo cercano a postulados anarquistas.

A fines de los años 30 entra en contacto con parte del muy rico mundo cultural porteño. En 1940, en la revista, «La Fragua» publica por vez primera alguno de los aforismos (muy pensados, muy lentamente elaborados) que siempre bajo el título de «Voces», constituirán su pequeña y magnífica obra literaria, a caballo -como algunas colecciones de aforismos modernos, recodemos al cordobés Vicente Núñez- entre la poesía y el pensamiento, lo que la acerca a los fragmentos de los presocráticos: El pensar como hondura y como imagen. «Yo le pediría algo más a este mundo, si tuviese algo más este mundo.»

En 1943 y 1948 aparecen las dos primeras entregas de «Voces», en cortas tiradas, que se mueven en un ámbito muy reducido. Esa segunda colección llega a manos de escritor y crítico francés Roger  Caillois, entonces en Buenos Aires, trabajando en «Sur»,la revista de Victoria Ocampo. Caillois da la voz de alerta y comienza a traducir alguno de aquellos textos breves al francés. La obra de Porchia -entre la minoría fervorosa- se transmite incluso de forma manuscrita. Lo conocen pocos, pero enamorados de aquel hombre sencillo y silencioso: Roberto Juárroz, André Breton, Henry Miller. La mayor parte de la literatura argentina lo descubre sólo en los años 60 («Voces», edición de 1966) y luego, ya póstumamente, con la antología que prologó Borges.

Porchia nunca buscó la notoriedad y supo que su camino, de místico laico, era la paz y la constatación de la complejidad rara, triste y armónica de la vida: «No ves el río de llanto, porque le falta una lágrima tuya» (Una sobrina suya declaró que Porchia sólo se enfadaba cuando en la imprenta le ponían mal una coma). Es hoy la voz oculta y potente del pensamiento que se quiere lírica y viceversa. Lo más moderno.

La presente edición con inéditos, las pocas entrevistas que el autor concedió y un anexo documental, que incluye la grabación de su voz, es lo más próximo que conocemos a las obras completas del autor que dijo ante los muchos libros: «¡Cuántas palabras!»


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