AÑO SHAKESPEARE: “LA FIERECILLA DOMADA”
(Este texto salió como prólogo a una edición de la obra publicada en El Mundo)
Si admitimos como suelen hacer últimamente los expertos, y como ya vio en los años treinta del siglo XX, un diletante muy inteligente como Logan Pearsall Smith en su libro “Leer a Shakespeare” recientemente traducido al español, que William Shakespeare no es siempre un genio que irradie a la misma altura, y que por tanto hay dos etapas muy diferentes en nuestro autor que se marcan por la cronología y la enjundia y creación de los personajes, hay que reconocer que “La fierecilla domada” –escrita y representada hacia 1593- pertenece a la primera etapa de Shakespeare, como “Romeo y Julieta”, época brillante pero que no alcanza la genialidad absoluta del final, sea “Antonio y Cleopatra” o “La tempestad”. Se dice con verdad que aunque nos cautiven (y lo hacen) Romeo o Julieta son personajes arquetípicos de enamorados, en tanto que el siempre nombrable Sir John Falstaff es una creación absoluta, a través del lenguaje, porque nuestro William fue esencialmente un gran genio lingüístico. Igual puede decirse con “La fierecilla domada”, básicamente una feliz comedia de enredo; ni Catalina –la mujer fiera- ni su pretendiente Petruchio son personajes “singulares”, ciertamente son asimismo arquetipos que hablan con excepcional soltura, pero es que lo que se quiere primar en la comedia es la confusión, los líos y el modo sutil en que la mujer bravía deviene la más dócil de todas, más incluso que su hermana Blanca, al inicio ponderada por su excelente carácter…
Pearsall Smith iba a veces más lejos al afirmar que si Shakespeare sólo hubiese escrito alguno de sus primeros dramas o piezas líricas como “Venus y Adonis” o “La violación de Lucrecia”, nunca hubiera pasado de ser un buen autor dentro de la rica veta elisabetiana, pero jamás el genio esplendente que conocemos. Ya he dicho que “La fierecilla domada” es una buena comedia de enredo (que como tantas obras de nuestro autor ocurre en Italia, en Padua) que se caracteriza o singulariza más, primero por presentarse inicialmente como “teatro dentro del teatro” y después por dar un sesgo peculiar al clásico tema de la mujer brava, que nos gusta recordar aparece ya en el “enxemplo XXXV” del “Conde Lucanor o Libro de Patronio” de nuestro medieval don Juan Manuel. El ejemplo se titula exactamente “De lo que contesció a un mancebo que casó con una mujer muy fuerte et muy brava”. Es bien sabido lo muy conocida que era la
literatura española en la Inglaterra de Isabel I (Donne el poeta robó en Cádiz libros para su biblioteca particular) pero si con toda seguridad Shakespeare conoció bastante literatura española, no es tan fácil que llegara al “Conde Lucanor”, lo que ocurre es que “la mujer brava” se había ya convertido en un “topos”. En inglés la comedia se titula “The Taming of the Shew” , lo que literalmente debe traducirse por “La doma de la mujer fiera”. Sin embargo las traducciones antiguas (como la del benemérito Astrana Marín) dicen “La doma de la bravía”, que hoy sonaría muy clásico, levemente anticuado, mientras que después –y sin descartar la influencia del cine, en el que esta comedia siempre ha gustado- se prefiere “La fierecilla domada”, pero no se despiste nadie, pues se trata de la misma obra. La terrible Catalina (a menudo “Cata”) halla a un pretendiente y marido que la doblega entre engaños y burlas generales, poniéndose más terco y bruto que ella. No falta un discurso final que alaba el sometimiento de la mujer al esposo, que algunos tendrán hoy por antifeminista, lo que no deja de ser una lectura sacada de madre.
Al inicio de la obra se encuentra un borracho, Sly (nombre al parecer de un habitante de Stradford, el pueblo de Shakespeare) al que un lord y su paje deciden embromar haciéndole creer al despertar en la casa del noble señor, que él es persona de alta alcurnia que no ha estado en sus cabales pero que en ese momento –atendido y servido como gentilhombre- los acaba de recuperar. En ese contexto aparece una panda de cómicos de la legua y mientras un criado se viste de mujer para engañar a Sly, se disponen a ver una comedia que será precisamente “La fierecilla domada”. Por eso antes del acto primero el borracho/lord se arrima a su señora travestida y le dice: “Bien, la veremos (la comedia). Vamos, señora esposa, sentaos a mi lado y que ruede el mundo. Nunca seremos más jóvenes”. En ese instante hay un clamor de trompetería y comienza la función.
Como muchas obras de Shakespeare “La fierecilla domada” sólo se publicó póstuma en la edición conocida como “First Folio” de 1623. Como se ha hallado una versión anónima de “La fierecilla…” pudiéramos decir que sin pulir o corregir, unos dan por bueno que Shakespeare arregló y mejoró un manuscrito antiguo que no era suyo, en tanto otros juzgan que ambos textos son shakespirianos, pero que evidentemente hubo por medio una notable corrección. También gustan recordar quienes comentan ese breve prólogo de teatro dentro del teatro, que la historia inicial del borracho a la puerta de una hostería, debe proceder de otra obra teatral española, que esta vez sí pudo conocer nuestro William, “El natural desdichado” de Agustín de Rojas. El borracho español, ello sí, lo está de vino, mientras que el inglés abusó de la cerveza. Pero todo esto no deja de ser sino yedra decorativa, porque la comedia resulta plenamente Shakespeare (en su ágil facundia también) sólo que no el genio de las solitarias cimas sino el de las amenas llanuras, que se propone entretener y divertir. Catalina, fierecilla o mujer bravía termina domesticada –tras algunas escenas felices- lo que hace que Lucencio –el enamorado de Blanca- cierre la obra así: “Con vuestro permiso, es un asombro que la haya domesticado así.”
Como he adelantado brevemente “The Taming of the Shrew” es una pieza shakespiriana, dentro de lo bello menor, que de antiguo ha tentado al cine. En 1929, Sam Taylor hizo una adaptación con dos estrellas rutilantes de la época, Mary Pickford y Douglas Fairbanks en los papeles respectivos de Catalina y Petruchio. Hay incluso una versión española de 1955, ya titulada “La fierecilla domada”, dirigida por Antonio Román e interpretada por Carmen Sevilla, imposible más sabor de época. Pero la obra que todos vimos (y que se siguió traduciendo como “La fierecilla domada”) fue la versión que hizo en 1967 el italiano Franco Zeffirelli, nada menos –pues era su momento de esplendor- que con Elizabeth Taylor como “Cata” y Richard Burton, como el marido que la doma. Un Shakespeare si se quiere “menor” –primera época- pero lleno de encanto y amenidad. Como si Shakespeare descansara un momento feliz de tanto Shakespeare.
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