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ÁLVARO CUNQUEIRO, OLVIDADO

Sólo vi una vez en mi vida a Álvaro Cunqueiro. Fue en una conferencia que dio en la Fundación March, en Madrid, creo que en el otoño de 1980. No recuerdo de qué habló, porque acaso no fue de nada en concreto. Recuerdo el lleno de la sala y la inmensa amenidad del conferenciante (sin papeles, por supuesto) que mezclaba un tema con otro y que saltaba, con piruetesca y cordial agilidad, de la historia a la fantasía, atravesándolo todo de anécdotas. Salí feliz. Yo que había sido lector de Cunqueiro desde hacía algo más de diez años, cuando compré –diría que a fines del 68- “Flores del año mil y pico de ave”, una miscelánea de título más que espléndido para el joven esteta que yo me creía…

Sin embargo Álvaro Cunqueiro (1911-1981) parece hoy un autor raramente olvidado, pese a la no muy lejana publicación de muchos de sus tomos periodísticos y de su poesía, de manos de César Antonio Molina. ¿Juglar sombrío Cunqueiro? A priori nadie lo diría, pero así titula su libro biográfico-literario sobre el maestro gallego Manuel Gregorio González, “Álvaro Cunqueiero, juglar sombrío” (Fundación Lara). Amaba la fantasía feliz, incluso con sonrisas (“Las crónicas del sochantre”) y su tiempo le demostró preferir las fantasías existencialistas o trágicas, como las de Lovecraft o Borges. Le gustaba la buena vida del burgués socarrón, o intentó que tal pareciera, pero se ve en toda su obra la añoranza o la melancolía (sombra no sombrío) por tiempos remotos, más mágicos y más gozosos. Como hizo la guerra en el bando vencedor –aunque Cunqueiro desestimó la política- para muchos fue demasiados años un escritor hábil pero menor, sólo porque quiso ser un escritor feliz. Padeció siempre de un aura provinciana, sólo en parte buscada. Cunqueiro era melancólico porque supo que su tiempo no le acompañó del todo. Incluso el reciente intento de revalorización de escritores del bando “nacional”, sino siempre conseguida, muy bien orquestada (Sánchez-Mazas, González Ruano…) apenas ha contado con Cunqueiro. No tuvo el lado mundano del autor de “Bearn” –otro escritor de derechas- pero el encanto de Cunqueiro, si muy distinto, no es menor que el de Lorenzo Villalonga. Gran fantasista, espléndido articulista sin tiempo, erudito pleno de inútiles o maravillosos saberes, podríamos preguntarnos por qué Cunqueiro no fue Borges o Calvino. Para su biógrafo la respuesta está en su última novela, “El año del cometa”, no su mejor obra sin duda, pero sí la más pesimista. Como si se diera cuenta (muy cerca de la muerte) de que la rica y no sólo céltica fantasía en la que creyó, no sólo no valía sino que había sido derrotada además. Cunqueiro fue un perdedor sonriente, al que por eso le va bien la cita de Luis Rosales (un poeta también mal ubicado aún, en general): “sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería”. ¡Cuanta tristeza para quien buscó, por los caminos del ensueño, la alegría! A Cunqueiro también se le dijo “escapista” (era inevitable) y su época le miró con el recelo que se otorga a un maestro equivocado. Hoy –lejos de sus circunstancias- podemos asegurar que fue un magnífico escritor (acaso el mejor de la Galicia de posguerra) al que le fallaron tiempo y circunstancias. Como Alfonso X, miró tanto a las estrellas, que se cayó en la tierra más áspera.

 


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