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«ALMUERZO DESNUDO» DE WILLIAM BURROUGHS

En una lista de libros necesarios (imprescindibles) que no puede ser corta, he decidido empezar con uno, clásico ya, evidentemente, pero controvertido: «Almuerzo desnudo» del norteamericano William Burroughs: sueños de droga y sexo.

Murió entre un singular aroma de santidad perversa.  William S. Burroughs (1914-1997) había nacido en Missouri de una familia rica. Pero vagabundeó casi toda su vida en busca de paraísos de libertad y asimismo de experiencias límite. Fue amigo de los “beats” (especialmente de Kerouac y de Ginsberg) pero guardando distancias. Y en el Nueva York salvaje y libérrimo de los 70, posó –como satánica majestad- junto a Lou Reed, Andy Warhol o Dennis Hopper, entre otros muchos del clan. Antes había vivido en México, en Tánger y en Londres. Fue uno de los grandes “malditos” de su siglo, y un afamado –y controvertido- experimentador literario. Más: había sido muy aficionado a las armas de fuego, e (involuntariamente, en un juego a lo Guillermo Tell) mató a su segunda mujer, Joan Vollmer, al disparar sobre ella.

“Almuerzo desnudo” – por cuestiones de censura, que persiguieron al libro durante muchos años- se publicó en París en 1959. Era la segunda novela del autor (tras “Yonqui” de 1953) y la primera en que usa (moderadamente) las técnicas del “cut-up” y del “fold-in” –algo así como “cortar” y “pegar”- que le sugirió su amigo Brion Gysin. En algunas obras posteriores (como “Nova Express”, 1963) el extremo de dicha técnica hace difícil la lectura. No aún en “Almuerzo desnudo”, que ha quedado como el clásico por antonomasia de Burroughs.

¿Qué es el libro? Para algunos el viaje interior de un adicto a la heroína. Una serie de escenas o fragmentos dispersos con un punto de referencia y con personajes recurrentes (el doctor Benway, Salvador Hassan  o Clem Snide entre los principales, pero hay muchos) bajo el tema común de las drogas, el sexo   –muy frecuentemente homoerótico, con chicos, sin velar lo explícito, lo que Burroughs prefería- y la muerte. Aunque se reconozcan formas de México o de Tánger (modelo de la Interzonas del libro) todo tiene, en realidad, los visos del sueño, de la alucinación, de la fantasía sexual, de la parodia. Burroughs creyó siempre –acaso no le faltara razón- que el mundo se encaminaba hacia un Poder opresivo y omnímodo, enemigo de toda libertad individual. Él opuso siempre la Libertad al Control, y ese es el fondo de la novela, llena de viajes oníricos, algo de ciencia ficción y muchas escenas homosexuales, en un mundo que tiene algo que ver con un Medio Oriente quimérico. Burroughs era adicto a la heroína (y estaba empezando a desintoxicarse con metadona) cuando escribió y publicó esta novela -escrita en Marruecos, publicada en París- que habla de otra moral y de otro mundo. Este sueño –donde tampoco falta el sadismo- o esta diatriba, es una obra nueva y libre, que no puede dejar al lector indiferente. Parecerá un delirio, un calentón “drogata” o el intento de salir de un campo de concentración. Pero es diferente, atractiva raramente en muchos momentos e infaltable, por todo ello, de verdad.

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