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Decadencias

Alejandría y la memoria.

Comparada con el resto de Egipto (el de los monumentos faraónicos, singularmente) Alejandría tiene  hoy poco turismo. Fundada por Alejandro Magno, fue una de las más notorias ciudades de la antigüedad greco-romana, y no sólo por su célebre biblioteca o por el faro, que tomó nombre de la isleta donde se ubicaba: Faros. Alejandría fue la gran ciudad de la cultura, de la mezcla étnica, de los sincretismos religiosos y finalmente de los llamados «mártires paganos». Los soliviantados cristianos de la ciudad, siguiendo las incendiarias prédicas de un obispo (en los días de Teodosio) mataron a la filósofa Hipatia y destruyeron el último gran conjunto  pagano, el templo de Serapis o «Serapeum», del que hoy queda sólo una alta y solitaria columna (la llamada «de Pompeyo»). La ola de sangre y fuego alcanzó también a lo que quedaba de la gran biblioteca, que no fue incendiada por los conquistadores árabes -que, como mucho, remataron la faena- sino por los intolerantes cristianos, en el año 391.

En 2002 se inauguró la actual Bibliotheca Alexandrina, de hermosísimo diseño, más atractivo aún por dentro que por fuera. Pero el contenido de la nueva biblioteca (salvo en manuscritos árabes de los siglos XII y XIII) es aún muy pobre. Facsímiles, más que nada. La Corniche -la hermosa bahía de casi 30 km.- allí sigue, y muchas de las construcciones «belle-époque» y sobre todo «art deco», que hicieron de la ciudad la perla cosmopolita y libre del Mediterráneo. Una de las más hermosas ciudades de este mar. Pero muchas de las casas están descuidadas, algo deterioradas incluso. Allí los hoteles que frecuentaron Durrell y los personajes de su «Cuarteto» (el Cecil, el Metropole, el Windsor) pero aquella gente sofisticada, plural y levantina, se ha ido. Allí sigue -dependiendo del consulado griego- la casa recia y sin ascensor que habitó Cavafis, ahora rue Sharm-el-Sheik y no Lepsius. Pero casi no hay griegos ni extranjeros en la metrópolis, hoy fundamentalmente árabe. Aún está la casa donde vivió E.M. Forster, el otro gran alejandrino contemporáneo, pero nada recuerda su mundo vivo. Hay muchos cafés, pero en la mayoría  hay sólo hombres fumando narguilés y jugando al dominó, porque el islamismo anda bastante presente. Seductora ciudad Alejandría, perdida y bella. Uno la recorre y contempla casi todo lo leído. Pero aunque existan los edificios (salvo los de la antigüedad) nada es real o igual. Nuestra principesca Alejandría es otra: ciudad de la memoria o del pasado, tristeza de los nacionalismos excluyentes y de las horribles religiones fanáticas. Permanece el arte, el óxido de las casas, la tumba de Cavafis en el cementerio griego (bajo su nombre, «poeta») y permanece, de cuando en cuando, el «jamasín» un viento del desierto libio que oscurece el cielo, y lo torna entre neblinoso y amarillo, aunque sólo sea arena. Lo sentí, sobrecogido, unas horas. Quizás Isis y Serapis -los viejos dioses- reclamen con él todo lo que han perdido, todo los que hemos perdido casi todos. Menos los puritanos de siempre.¡Cuanta tristeza!


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