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ALABANZA Y SOCIOLOGÍA DE LOS RESTAURANTES DE LUJO

Una vez -hace ya mucho tiempo- Fernando Savater me comentó que pasó varios veranos en el chalé que su familia tenía, en el entonces más lejano Torrelodones, Comunidad de Madrid. Allá, un par de esos veranos, vio que en el chalé de al lado veraneaba, en total incógnito, una entonces archifamosa pareja -hacia 1963- de actores británicos, nada menos que la bella Vivien Leigh y Lawrence Olivier. Lo que a Fernando le llamó la atención, aparte de la buscada discreción con piscina, fue que la pareja, absolutamente todas las noches, se ataviara, se vistiera bien, para cenar en el porche, aunque estaban del todo solos…

“Vestirse para cenar” le gustó siempre a mi mamá, así como la buena cocina bien servida. Ese gusto lujoso y en ella natural, más el hecho de que yo -hacia mis quince años- fuera un chico muy solitario, me valió que, ya desde esa edad, mamá me llevara con ella y su pareja (era viuda) a muy notables restaurantes de lujo, donde yo solía ser el cliente más joven. Esa costumbre nunca terminó del todo, hasta casi la muerte de mi madre con 91 años, pero tuvo su apogeo en los 60 últimos, los 70 y 80 del pasado siglo. Eran restaurantes elegantes y selectos (incluso con arte en su interior) que predicaban y funcionaban con cuidado refinamiento. Uno de los primeros que recuerdo fue el muy selecto “Mayte Commodore”, en la plaza de la República Argentina, llevado por una restauradora vasca, en esos momentos, muy conocida, que otorgaba también premios de teatro. Aquello desapareció hace mucho, acaso con la muerte de Mayte, aunque hoy quede un “Espacio Commodore”, que no conozco, pero imagino muy diferente a las galas antiguas.

Desde entonces, he conocido muchos restaurantes de lujo, pero los modernos -incluso la muy notable marisquería Sanxenxo- se van haciendo mucho más prácticos. Hemos perdido amor por la distinción, y la elegancia no siempre es cómoda ni usa calzado deportivo. Otros restaurantes buenos, desaparecieron porque el negocio no fue bien, imagino, así el “Ruperto de Nola” en el piso último de Torres Blancas. Y otros antiguos que subsisten, se han vulgarizado un poco, como el benemérito “Lardhy”. Recuerdo reciente el “Santceloni” -más bien “nueva cocina”- la “Terraza del Casino” (de Madrid) en un muy elegante edificio, y los más clásicos “Jockey” -al que fui mucho- ahora convertido en “Saddle”, que no conozco. “Horcher”, de origen alemán, tal vez hoy el más antiguo y lujoso. Antes, ponían lindos cojines en el suelo a los pies de las damas. O “Zalacaín”, el más moderno de los antiguos (fundado en 1973) y que ha cerrado hace unos días, oficialmente por no poder sostener la crisis del coronavirus.

Los restaurantes de lujo, de verdad, están hoy en franca decadencia, por la vulgarización mesocrática de la sociedad en general, por el menosprecio de lo elegante (lo cómodo se valora más) y así pronto quedarán como recuerdo de un tiempo abolido, que tal como yo conocí esos restaurantes, tiene su origen en el siglo XIX europeo.  Al principio -la primera vez que fui con mamá a cenar a “Zalacaín”- aún existía un público especial, y con posibles, que disfrutaba del ámbito lujoso y de la comida elaborada. Algo después (y sin dejar de ser lujoso, lo conocí también) “Zalacaín” se convirtió en un restaurante selecto donde iban altos ejecutivos a comidas o cenas de negocios y políticos de toda laya, que si discutían era casi en silencio. Entiendo que tales restaurantes puedan ser criticados  por quienes no tienen dinero para ir -pero estos son los más benévolos- o por gentes de verdad de izquierda que no quieren (aunque los tales restaurantes existen en toda Europa y EEUU) ver esas diferencias sociales que a la postre más que sociales eran económicas. Lo entiendo. Sin embargo, que gente zafia y tosca de Podemos se hayan alegrado públicamente del cierre de “Zalacaín”, me parece otra de sus muchas catetadas y una clara muestra del comunismo que usan, hipócrita y envidioso. A ellos (Iglesias/Montero) no los hubiesen dejado entrar porque se exigía, como mínimo, chaqueta y corbata. Pero esa crítica sería lógica -y no lo es- si quienes critican desde un retroestalinismo feroz, no vivieran en chalés de lujo y ganaran sueldazos. Dicen estar con quienes tienen poco o nada (tal ocurre en las dictaduras comunistas) pero ellos viven como sátrapas en viviendas y con servicio de superlujo. Una vergüenza. Y una bajeza, doblemente obvia. Pues es terrible que quienes viven en la opulencia, y a veces se disfrazan de esos pobres a quienes dicen defender, busquen en verdad pobreza y férrea dictadura para los demás (recuérdese la Europa de detrás del “telón de acero”, miseria enorme y total falta de libertad) mientras no rechazan sus propios privilegios, su clasismo vulgar, y ni siquiera se conduelen de las al menos 50 personas del servicio que se suman al paro, tras el cierre de “Zalacaín”. No es error ni maldad -sería absurdo decirlo- que la Historia tenga sus ciclos. Pero vuelve asquear Podemos cuando admira y defiende a dictadores asesinos y a su camarilla, que como ellos viven en un lujo ostentoso y sibarita en lo privado. Es vergonzoso reírse del cierre de “Zalacaín” no desde un comunismo honesto, sino desde la sauna privada que los “Marqueses de Galapagar” -la broma ha cuajado- poseen en su custodiado y archimillonario chalé, con piscina imitando un lago- El dinero se dice (supongo que no sólo) tiene origen en la desesperada miseria del pueblo de Venezuela. Es posible que el restaurante de lujo sea pasado, pero el retrocomunismo lo es también -y mucho más cruel- como se demostró tras la caída del Muro de Berlín. Todos querían escapar de la cárcel del proletariado.

 

 

 


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