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Decadencias

Al Berto. ¿Malditismo todavía?

El poeta portugués Al Berto (1948-1997) fue muy poco conocido en España mientras vivió, y quizá esa muerte prematura -al parecer por sida- alejó un reconocimiento que estaba comenzando a fraguarse fuera de los estrictos ámbitos lusitanistas. Autoexilado de Portugal desde su primera juventud hasta la «Revolución de los claveles», leer la poesía de Al Berto es meterse en un surrealismo templado que da pie al testimonio de lo marginal y heterodoxo, un tanto al estilo de la «beat generation». No llega a ser «realismo sucio» o duro el de Al Berto, porque las ráfagas metafóricas sirven indirectamente a paliar el mundo genetiano que puede estar detrás.

Al Berto habla de una homosexualidad antinormativa, del sexo con chaperos encontrados en la calle, de tentaciones con drogas, del aura rebelde de los barrios, y de una conciencia herida por la permanente insatisfacción y un impulso tanático que dice, una vez más, que la vida es injusta, que el poder es siempre rapaz, y que el mundo no está bien hecho. Pero este poeta antiburgués, voluntariamente marginado y que tituló a su poesía completa «El miedo» (Pre-Textos acaba de editar una buena antología general de ese conjunto) recibió, poco antes de morir, la «Ordem de Santiago da Espada», una de las más ilustres que otorga el presidente de la República portuguesa. ¿Debió haberla rechazado? ¿Estaba ya demasiado enfermo? ¿O la distinción de un gobierno o un estado democrático puede incluso convenir a un «maldito»? Es moneda corriente oír decir que hoy en día nadie se escandaliza por nada, y que así no hay malditito que valga y que al burgués no se le epata, porque está de vuelta de todo. Pero esto es tan verdad como mentira. La sociedad bienpensante y conservadora ha cambiado menos de lo que dice. Mucho por fuera (donde no se escandaliza, no da señales de hacerlo) y bastante menos por dentro, donde al compás de la «corrección política» (y hoy más que hace quince años, hemos dado marcha atrás) desdeña al que se droga, al que bebe, al que fuma y al que frecuenta ámbitos marginados o «amores imperfectos» como llamaba Al Berto al amor venal, aceptado libremente por quien lo da y por quien lo recibe. Resulta pues curioso: hoy Al Berto es más maldito que cuando murió y desde luego más que en sus últimos años de vida. Pensemos, si un poeta hoy declarase, sin ambages, que su sexo son los benditos chaperos, que está en contra de la sociedad actual (aunque no tenga otra alternativa clara, ni comunismo ni capitalismo) que en el extrarradio se encuentra mejor que con los políticos de salón, que claro es ha probado drogas, y que la disidencia le gusta más que el asentimiento ¿tendría ese poeta algún premio oficial? Creo sinceramente que no. Y si por un azar lo tuviera -ya digo, me parece improbable- debiera rechazarlo. Y el caso es que tenemos escritores (y no pocos) que han llevado, como Al Berto, vidas bravas, pero procuraron que no se supiera o llegada la alta madurez, entonaron una discreta palinodia. El malditismo existe, amigos. Hay desacuerdo con el orden general, y la burguesía se asusta y desaprueba, en cuanto abren la veda. Sin embargo se prefiere mirar a otro lado y poner cara de póquer. Sólo de puertas afuera, desde luego.


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