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100 AÑOS DEL «ULISES» DE JOYCE. GENIAL Y ABURRIDA

“Ulises” (Ulysses) de James Joyce se publicó en París en 1922 gracias a los buenos oficios de Sylvia Beach. Edición de sólo 1000 ejemplares. Ese mismo año Joyce -que apenas llevaba dos en la ciudad- acudió al funeral de Marcel Proust, con quien sólo una vez había coincidido. Datos que importan. “Ulises” es, sobre todo, la perfección del “stream of consciousness” (corriente de conciencia), descrita por William James en 1890 en sus “Principios de psicología” y usada ya literariamente, el monólogo interior decimos, por el francés Édouard Dujardin en la novela breve “Les lauriers sont coupés” de 1887, en un cuento de 1900 del austriaco Schnitzler -el escritor moderno favorito de Freud-  y por Dorothy Richardson en 1915 en la novela “Pointed Roofs”. Joyce no inventó nada, pero lo perfeccionó espléndidamente. El largo paseo de Leopold Bloom por Dublín el famoso 16 de junio de 1904, con sus símbolos y su inversión irónica de la “Odisea” no sería lo que es -un hito de la novela moderna- sin el uso perfecto del monólogo interior y especialmente sin el largo y final de Molly Bloom -uno de los pasajes mejores de la novela- en el episodio que se conoce, respecto a la “Odisea”, como “Penélope”. Joyce perfecciona la técnica, la lengua que fluye en distintos niveles, y por supuesto salta toda barrera moral -no todos se atreven- como realmente ocurre en el flujo subconsciente.  Borges acertó al escribir (en 1939) que “Joyce es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo, verbalmente.” Verbalmente, exacto. Joyce es en gran medida lenguaje, así camina hacia “Finnegans Wake” -1939 también- uno de los grandes suicidios de la literatura.  He leído dos veces (en traducciones distintas al español) “Ulises”, también no pocos capítulos en inglés y otros tantos en la primera traducción francesa de Valèry Larbaud, que contó con la colaboración y aquiescencia del propio Joyce. En general lecturas deslumbrantes, pero en no pocos momentos aburridas, porque no siempre me atrapan las andanzas de Bloom, que posterga regresar a su casa, y porque la novela tiene 759 páginas.

La obra es magistral y muchos ratos aburrida, porque literatura es cómo se dice, pero también qué se dice. El tan maltratado (por algunos críticos) “contenutismo” -es decir, el tema, el asunto, el pensamiento de la obra- suele ser capital para los lectores. A mí me fascina “En busca del tiempo perdido”, pero me cansa “Ulises”. Y ambas son dos novelas geniales. Es imprescindible leer “Ulises” aunque a lo mejor no te atrapa, o sí. Valga el ejemplo -consecuencia de Joyce- de la novela de Virginia Woolf “Mrs. Dalloway” (1925), mucho más breve que “Ulises”, gran calidad a menudo tediosa. Los pensamientos y sentimientos que pasan por la mente de Clarisa Dalloway caminando por Londres y pensando en el té de la tarde, igual no te interesan pese a su buena escritura. El cómo importa, el qué también. Joyce fue más osado, menos puritano que Virginia.  

 


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